domingo, 26 de julio de 2009

Cien millones de muertos

Es necesario e imprescindible conocer una parte importante de la historia y de la actualidad del mundo, aunque sea información considerada “políticamente incorrecta” por gran parte de la sociedad. Se supone, en forma optimista, que la verdad siempre ha de ser útil si es que se busca solucionar los serios conflictos que afronta la humanidad.

CIEN MILLONES DE MUERTOS

Por Carlos Alberto Montaner

Es la manera perfecta de conmemorar la publicación del Manifiesto Comunista. En 1848, hace más de ciento cincuenta años, cuando Europa se estremecía en medio de una revolución que sacudió todas las estructuras políticas, Marx dio a conocer un breve ensayo y vaticinó que un día, para él no muy lejano, los proletarios del mundo, unidos, crearían sobre la Tierra el paraíso comunista. Marx, qué duda cabe, ardía en deseos de justicia y estaba persuadido de que había dado con el modo definitivo de implantar la felicidad y la prosperidad entre los hombres.

Siglo y medio más tarde, apareció en las librerías de lengua española un excelente balance de lo que fue ese sueño comunista. Se titula El libro negro del comunismo, y en un tomazo de ochocientas sesenta y cinco páginas legibles y muy bien organizadas, publicado por Planeta-Espasa, la historia de esta utopía se resume en una cifra pavorosa: cien millones de muertos. Una carnicería mayor que la suma de todas las guerras registradas por los historiadores desde el brumoso episodio de la Ilíada hasta las últimas barbaridades balcánicas.

Los realizadores de este inventario de horrores son respetadísimos miembros de la comunidad universitaria francesa, y los encabeza Stéphane Courtois, el editor de la revista Communisme, una de las mayores autoridades del mundo en esta triste materia.

Lo que el libro relata es predecible: purgas, las ejecuciones en masa, las deportaciones genocidas de pueblos enteros, la muerte de decena de millones de personas que intentan escapar de la sinrazón y el terror, los campos de concentración, los absurdos modos de organizar la producción de alimentos, generadores de hambrunas que debilitaron hasta la muerte a millones de seres indefensos, o la paranoia asesina de una clase dirigente que devoraba a sus propios hijos.

Pero lo más espeluznante no es este catálogo de crímenes, sino el hecho tremendo de que ocurriera en todas las latitudes de manera parecida, aunque a diferentes escalas. La barbarie no era imputable a la supuesta crueldad rusa –como Gorki sospechaba-, ni a la atribuida imparcialidad asiática ante el dolor ajeno, como reza el viejo prejuicio, pues los checos, cultos y de sangre fría, los católicos polacos, los etíopes, perdidos en una vieja tradición de tranquila miseria, los laosianos religiosos y contemplativos, aferrados a una estricta moral familiar, los afganos musulmanes, o los cubanos y nicaragüenses, divertidos, dicharacheros, de trato dulce, amistosos, todos, sin excepción, todos, cuando ejercieron el poder aferrados a los dogmas y procedimientos comunistas, se comportaron de la misma manera despótica y cruel con sus semejantes. Para todos, y en todas las culturas, las etnias y los continentes, la vida de sus semejantes dejó de tener valor ante los esquemas abstractos que les proponía una construcción artificial sobre la supuesta fórmula ideal de estructurar la convivencia.

De esta observación se derivan dos conclusiones que sería una peligrosa locura olvidar. La primera es que el riesgo proviene de la formulación de la utopía misma. Hay que echarse a temblar cuando aparece un profeta que cree saber cómo les conviene vivir a los seres humanos; alguien que es capaz de diagnosticar sin un asomo de duda los males que nos afligen, y que dice conocer tanto la dirección “correcta” de la historia como los pasos que hay que dar para modificar la esencia de las personas, de manera que se comporten con arreglo a la decencia, la solidaridad y el aprecio por el bien común. Hay que huir como de la peste de los constructores de “hombres nuevos”, de los planificadores de “paraísos”, pues esos experimentos sociales de los “ingenieros políticos” terminan invariablemente en los paredones y los cementerios.

La segunda conclusión es una advertencia pesimista. No es prudente creer en la bondad intrínseca de las personas. Esa virtuosa criatura que tiembla de emoción ante el dolor ajeno, que se quita el pan de la boca para ayudar a un menesteroso, que a veces se juega la vida para combatir una injusticia previa, una vez metida dentro del engranaje totalitario y dotada de autoridad y de una causa sagrada, le da un tiro en la nuca a una huérfana ciega, o justifica que otro se lo dé, si cree que con ese acto contribuye a la salvación de sus ideales. ¿O es que alguien cree que Mao, Tito, Stalin, Castro, Daniel Ortega o Menjistu (y lo mismo puede decirse de Hitler o de Mussolini) eran unos asesinos depravados que disfrutaban con el daño que les infligían a sus compatriotas? Por supuesto que no: eran –o son, los que están vivos- los prisioneros de una ideología que ha trastocado el orden natural de sus valores. Para ellos los seres humanos no valen nada. Lo que vale es la Historia, así con mayúscula.

La publicación de este libro ha abierto de nuevo el debate en Europa. Para cierta izquierda encallecida, todavía es válido el obsceno dictum de Sastre: “Todo anticomunista es un perro”. Yo no lo creo. Ser anticomunista, como ser antinazi, es una expresión de la sensibilidad y de la inteligencia. Por el contrario, declararse, como tanta gente, “no ser antinada” es volverse cómplice de los criminales.

Ser anticomunista es la muestra de que somos capaces de aprender de la experiencia para no repetir errores pasados. Más aún, de la misma manera que los judíos, con una inmensa sabiduría, han creado sus dramáticos Museos del Holocausto, para tratar de impedir que se repitan los pogromos y matanzas del pasado, lo razonable es instalar en cada ciudad Museos del Totalitarismo, con dos alas bien iluminadas; una dedicada al comunismo, y la otra a las diversas expresiones del nazi-fascismo. Y allí habría que llevar a los escolares para darles clases muy bien documentadas sobre lo que ocurre en las sociedades cuando los hombres deciden que son portadores de la fórmula definitiva para lograr la felicidad. Por ahora esos hombres, en menos de un siglo, han dejado un reguero de cien millones de cadáveres.


(Extraído de “Las columnas de la libertad” de Carlos Alberto Montaner – Editorial Edhasa – Buenos Aires 2007)

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