domingo, 26 de julio de 2009

¿La historia lo absolverá?



En Cuba, bajo el dominio del capitalismo estatal, cada familia puede recibir un jabón mensual, en forma alternativa, de lavar ropa o de tocador, según afirma una periodista de C5N. Cada grupo familiar dispone de uno o dos lámparas eléctricas que debe ir cambiando de habitación en habitación. Cada individuo puede comer sólo aquello que está en su tarjeta de racionamiento. Cuba es todavía una cárcel soviética, con sus ventajas y desventajas respecto de una sociedad libre.

El propio Fidel Castro ha acusado a la médica Hilda Molina de “buscar ser propietaria”. Recordemos que la mencionada médica no ha podido salir de Cuba para visitar y conocer a sus nietos que viven en la Argentina. Fidel Castro, el amo absoluto de Cuba, debería contemplar la posibilidad de que los cubanos puedan ser propietarios, de manera de poder trabajar con más entusiasmo en lugar de tener que sacrificarse, día a día, en función de la única empresa que todo lo domina: el Estado.

Muchas familias han quedado separadas debido a la salida de cubanos al exterior y a las dificultades que tienen para entrar o salir del país. Si se buscan los defectos del capitalismo, podemos observar el caso de Cuba, ya que el capitalismo estatal acentúa todos los errores atribuidos al capitalismo privado.

El miedo domina a los cubanos, que tienen que fingir sus opiniones ante la severa custodia de los integrantes del Partido dominante. Estos les indican qué comer, qué pensar, qué leer, qué hacer. La esclavitud no sólo debe asociarse al cuerpo, sino también a la mente. Sólo pueden utilizar una hora semanal (¿o mensual?) en Internet y no más del 1% de la población tiene teléfono celular, lo que impide cualquier tipo de reunión de opositores al régimen.

Existe, sin embargo, un tipo psicológico, el del “libertador marxista-leninista”, que personificado en Fidel Castro, nos da una enseñanza que las actuales y futuras generaciones deben tener presente, sobre todo para no caer bajo la influencia de sus mentiras y de sus desmedidas ansias de poder.

Víctor Massuh escribió al respecto:

“El libertador marxista-leninista: Ha tomado el poder envilecido por un tiranuelo y lo acompañó la simpatía de toda América. Su triunfo fue una saludable algarabía juvenil que presagiaba el reino del pluralismo y la libertad. Pero el liberador tenía otros planes: adopta el marxismo-leninismo como doctrina del Estado, instaura el partido único, la prensa uniforme y el gobierno unipersonal.

Estatiza la economía; transita los caminos del socialismo pero sólo alcanza a socializar el hambre, la privación y la pérdida de la libertad. En nombre de la paz levanta un ejército poderoso y desproporcionado con las medidas de su pequeño país. La tierra alegre y musical se convierte en una cárcel.

La algarabía revolucionaria concluye en la instauración del régimen militar más estable y prolongado de América Latina. Al pueblo le faltará alimentos y viviendas, pero no discursos que el liberador castrense pronunciará por largas horas ante una plaza colmada de estribillos. Pero hay algo que lo singulariza sobre todas las cosas: su generosa preocupación por liberar otros países. Esta es su obsesión, su misión sagrada, su única coherencia: la casa ajena.

Aconseja copiosamente a los mandatarios extranjeros sobre lo que deben hacer en sus propias tierras; mejor aún si completa estos consejos con el envío de expedicionarios. Su ideal es contar con un ejército interminable disperso por el mundo, liberando incansablemente.

Se diría que esta vocación por lo ajeno acaso enmascare una verdadera desaprensión por la propia casa sumida en el atraso y la pobreza. Tan hábil para entrar de modo subrepticio en países distantes y pontificar sobre lo que les conviene, por las buenas o por las malas, pero tan inhábil en el propio país: no sabe qué hacer con una economía que al cabo de dos décadas (escrito en 1978) sigue a los tumbos y se obstina en no adecuarse a sus recetas razonables”

(De “Ideología de la liberación” – Academia Nacional de Ciencias – Buenos Aires)

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