A lo largo de la historia de la humanidad se han sucedido innumerables guerras entre distintos pueblos e incluso guerras internas, o civiles. Pasados los conflictos, les siguen épocas de rencor y venganzas, o bien épocas de búsqueda de un mejor entendimiento.
Como ejemplo de pueblos que mantienen vigentes los antagonismos históricos, tenemos el caso de israelitas y musulmanes, que incluso encuentran en el “ojo por ojo…..” bíblico y en la “guerra santa” islámica, fundamentos religiosos para mantener vivo el odio hacia el otro sector.
Como ejemplo de pueblos que han optado por mirar el futuro dejando atrás los conflictos del pasado, podemos mencionar a franceses y alemanes, cuyos países se enfrentaron en la Guerra franco-prusiana del siglo XIX, y en las dos Guerras Mundiales del siglo XX. Sin embargo, favorecidos principalmente por la creación de la Comunidad Europea, han optado por marchar juntos hacia el futuro en lugar de seguir alimentando el odio por lo ocurrido en épocas pasadas.
También en el siglo XX ocurrieron varias guerras civiles en las cuales se destacan las promovidas por los movimientos totalitarios de origen marxista; una de ellas fue la ocurrida en la década de los setenta en la Argentina. El objetivo final de esos movimientos era el triunfo socialista, a nivel mundial, liderado por la URSS. El principal opositor a ese objetivo fue EEUU. De ahí que los grupos antagónicos en conflicto, por lo general, recibían el apoyo de estas dos grandes potencias militares. Evitando un conflicto directo entre ambas potencias, lo que se denominó “guerra fría”, no pudieron, o no quisieron, evitar los diversos conflictos militares en gran parte del planeta.
En la Argentina, los principales movimientos a favor del totalitarismo eran los Montoneros, encargados de la guerrilla urbana, y el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), encargado de la guerrilla rural. Entre ambos produjeron, entre 1969 y 1979, 21.642 actos de terrorismo, 1.750 secuestros extorsivos y unos 850 asesinatos.
Entre las tácticas guerrilleras podemos mencionar las empleadas por Mao Tse Tung: “Cuando el enemigo avanza violentamente, yo me bato en retirada; cuando busca evitar la batalla, yo lo ataco; cuando él se detiene y acampa, yo lo hostigo; cuando él se retira, yo lo persigo y lo destruyo”.
Asociado a las guerras militares, existen las guerras ideológicas que incluyen propaganda y difamación del sector opositor. Así, en la Argentina, las Fuerzas Armadas nacionales logran imponerse militarmente, pero fueron derrotadas posteriormente por la propaganda marxista que tiene una vigencia inusitada después de varias décadas de finalizado el conflicto. El lema adoptado para este éxito parece ser aquella expresión de Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una realidad”.
En la década de los setenta, se hablaba de la “guerra sucia”, debido a las diversas formas de terrorismo empleadas por el sector marxista. Una de las formas de combatir a la policía, y a las fuerzas armadas, era el simple asesinato de la persona que iba por la calle vestida con su uniforme reglamentario. Así, Pablo Pozzi, ex integrante del ERP, manifestó: “Para llegar a ser un «militante» partidario había que haber realizado por lo menos una acción armada”, mientras que los aspirantes a Montoneros debían “realizar una práctica militar paulatina que culmine con su participación en la ejecución de un cana (policía)” (Citas de “Los mitos setentistas”-Agustín Laje Arrigoni-Buenos Aires 2011).
El simple policía que ve caer asesinados a sus compañeros y que sabe que tarde o temprano correrá la misma suerte, reacciona en una forma similar y, como en cualquier guerra, deja de lado los ideales de la patria o del cumplimiento del deber, y lucha simplemente por su supervivencia. Los excesos se van sucediendo y la cantidad de caídos se incrementa día a día. Con el tiempo, los policías y militares argentinos asesinados son olvidados sin pena ni gloria, mientras que sus internacionales ejecutores, cuando finalmente caen abatidos, son considerados “héroes” y sus familiares reciben cuantiosas indemnizaciones por parte del Estado.
Uno de los primeros conflictos armados de envergadura acontece en Tucumán. Agustín Laje Arrigoni escribe: “Cuando se supo lo que estaba ocurriendo en Tucumán, las autoridades intentaron desactivar la guerrilla empleando un despliegue espectacular de quinientos policías (trescientos federales y doscientos provinciales), armados con ametralladoras y lanzacohetes, entre otros equipamientos pesados. Para sorpresa de muchos, las fuerzas de seguridad fueron derrotadas por los guerrilleros, pues cayeron en lo que se conoce como un vacío táctico. Algo similar ocurría en las comisarías, donde la policía comenzaba a atrincherarse, dada la superioridad de la guerrilla también en territorio urbano”. Uno de los máximos dirigentes de Montoneros, Roberto Perdía, expresó: “Montoneros tenían unos dos mil trescientos oficiales; unos doce mil miembros sumados los aspirantes, y unas ciento veinte mil personas agregando a la gente más o menos organizada que adhería a nuestra propuesta”
En la actualidad, para acusar a las Fuerzas Armadas nacionales de “genocidio”, y para aplicarles la justicia de épocas de paz, y no de conflictos armados, se dice que “no existió una guerra”, sino que sólo estuvo el bando militar matando a los “jóvenes idealistas” que protestaban contra la dictadura, o cosas semejantes. Rodolfo Galimberti, ex Montonero, expresó: “No fue un enfrentamiento entre jóvenes románticos y el Ejército. Había un proyecto político y se luchaba por imponerlo. Fue una guerra civil, la más irracional de las guerras. Hubo excesos de los dos bandos y no los podemos calificar por la cantidad o por la magnitud de los excesos”.
El ex montonero Luis Labraña (quien escribe uno de los prólogos de “Los mitos setentistas”) expresó: “No nos hagamos más los pacifistas a conveniencia. Aquí hubo una guerra. Pese a lo que digan los vendedores de memoria. Y quienes lo niegan faltan a la verdad y ofenden la convicción y la valentía de quienes murieron en ambas trincheras. Negar la guerra, a la cual nos referíamos en nuestros documentos como «guerra revolucionaria, popular y prolongada», es hacernos quedar como niñitos estúpidos de un jardín de infantes. Nosotros fuimos héroes en tiempos de guerra. Y en la otra trinchera también. Nadie debe apropiarse de la sangre y del dolor de los que escribieron la historia de los ’70”.
También se dice que los guerrilleros “luchaban contra la dictadura y a favor de la democracia”. Sin embargo, luego de la toma del poder por parte de los militares, se vuelve a la democracia, mientras que todavía en Cuba sigue imperando una dictadura militar impuesta desde el año 1959. Recordemos que los guerrilleros pretendían imponernos un régimen similar al cubano, una especie de cárcel soviética, mediante medios nada “democráticos”. Se buscaba “el modelo del partido único; el modelo de los comandantes; el modelo del autoritarismo; la imitación del modelo cubano” (Jorge Masetti, ex combatiente del ERP). Mientras que el ex Montonero Ernesto Jauretche expresó: “La comandancia y la conducción de Montoneros radica en Cuba. Montoneros nace y muere en La Habana” (Citado en “Los mitos setentistas”).
Otras de las versiones recientes pretende hacernos ver que la violencia desatada se estableció contra la dictadura militar, y no en épocas democráticas. Sin embargo, gran parte de la guerra se desarrolló antes del año 1976, en que toma el gobierno la Junta Militar. Agustín Laje Arrigoni escribe: “El temor y la inseguridad eran asuntos cotidianos, y tanto es así, que en junio de 1975 los medios informaban que «desde el advenimiento de la democracia el 25 de mayo de 1973, hasta el momento, se habían producido 5097 hechos terroristas»”.
La cantidad de desaparecidos ha sido aumentada “artificialmente” para beneficiarse, los supuestos damnificados, con las indemnizaciones otorgadas por el Estado Nacional, mientras que poco se tienen en cuenta los “ajusticiamientos” internos propios de las organizaciones terroristas. Agustín Laje Arrigoni escribe: “Los códigos de justicia revolucionaria, tanto en Montoneros como en el ERP, fueron aplicados por una parodia de juzgado denominado Tribunal Revolucionario, que en numerosas ocasiones terminaba ordenando la ejecución de camaradas de armas”. “Los últimos datos que han surgido son los revelados por la ex miembro de la CONADEP Graciela Fernández Meijide, quien afirmó que había 7.954 desaparecidos y se preguntaba: «¿Con qué derecho se habla de 30.000 desaparecidos cuando había un conteo de 9.000?»”.
En cuanto al “genocidio argentino”, que tan mal deja la imagen del país ante propios y extraños, el ex guerrillero Luis Labraña comenta: “Acá no hubo genocidio. Partamos de lo elemental: genocidio es la persecución y/o la destrucción de un pueblo. Se puede aplicar a los judíos, a los gitanos, a los armenios…pero acá no se dio eso: acá hubo una guerra. Lo que podés discutir es el poder de las fuerzas que se enfrentan, y quién enfrentó a quién. Porque no te olvides que fuimos nosotros los que los enfrentamos a ellos. No es que había paz y el Ejército salió a buscarnos a nosotros y a matarnos. Nosotros salimos a provocar la guerra”.
Debe mencionarse algo que puede considerarse como una falta de respeto a la dignidad humana cuando se ha designado, como directivo de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, a Eduardo Luis Duhalde, uno de los fundadores del ERP, organización que tantos asesinatos provocó en la población argentina. Tal personaje nunca mostró arrepentimiento público por su accionar, para que su función tuviese algún tipo de legitimidad. Incluso desde los medios masivos de comunicación como en libros destinados a alumnos secundarios, se sigue difundiendo la ideología que tantas víctimas produjo en décadas pasadas, quizás pretendiendo volver a situaciones similares a las del pasado.
Finalmente, queda por decir que el único camino para la reconciliación de los argentinos se ha de encontrar a través de la verdad. Se ha perdido, hasta ahora, esa posibilidad, por cuanto se ha tergiversado totalmente la realidad histórica. Nótese que gran parte de los argentinos no pretende que queden sin condena los militares que cometieron actos ilícitos, pero tampoco justifica que se juzgue a todo militar por haber cumplido con su deber de soldado combatiendo fuerzas de ocupación impulsadas por un imperialismo extranjero. Pretende también que sean juzgados los autores materiales e intelectuales de los atentados y asesinatos efectuados contra la población argentina, en lugar de rendirles homenajes explícitos por su accionar delictivo. Tampoco debemos olvidar que vale tanto la vida de un guerrillero cubano como la de un simple ciudadano argentino.
lunes, 26 de septiembre de 2011
jueves, 26 de mayo de 2011
Semejanzas y diferencias entre el nazismo y el marxismo
Cada vez que aparece un dictador que tiende a someter a toda una Nación, luego de hacerse cargo del Estado, surgen dudas respecto de la forma en que más conviene definirlo; fascista, marxista, nazi o alguna otra denominación. Ello se debe a que los gobiernos totalitarios han tenido algunas semejanzas, pero también han tenido diferencias notables. Entre las principales semejanzas podemos encontrar las siguientes:
1- Preferencia del dictador por ejercer un gobierno totalitario despreciando al liberalismo (democracia + economía de mercado).
2- Tendencia a tener en la mente un enemigo real o ficticio para justificar su acción política.
3- Aceptación de la posibilidad de la lucha armada y del asesinato de los opositores.
4- Proclamación de consignas dirigidas al hombre masa, no al individuo pensante.
Mientras que los nazis tenían como enemigos a los judíos, los marxistas tenían como enemigos a los empresarios y a la “burguesía” como clase social. En un caso se promovía la discriminación racial mientras que en el otro caso se promovía el odio de clases. Si alguien repite miles de veces que la culpa de todos los males de un país la tiene tal o cual grupo étnico o social, no necesitará ordenar ataques hacia ese sector porque ya ha sembrado la semilla del odio a un nivel generalizado.
Por estas razones, los principales autores intelectuales de los asesinatos masivos ocurridos en el siglo XX son Hitler y Marx, predicando el primero el odio racial y el segundo el odio de clases. Stéphane Curtois escribió:
“Los hechos son testarudos y ponen de manifiesto que los regimenes comunistas cometieron crímenes que afectaron a unas cien millones de personas, contra unos veinticinco millones de personas aproximadamente del nazismo”
“Los mecanismos de segregación y de exclusión del «totalitarismo de clase» se asemejan singularmente a los del «totalitarismo de raza». La sociedad nazi futura debía ser construida alrededor de una «raza pura», la sociedad comunista futura alrededor de un pueblo proletario purificado de toda escoria burguesa. La remodelación de estas dos sociedades fue contemplada de la misma manera, incluso aunque los criterios de exclusión no fueran los mismos” (De “El libro negro del comunismo”- Stéphane Curtois y otros-Ediciones B-Barcelona 2010).
En cuanto a las diferencias de actitud, podemos citar algunas:
1- El nazi, dentro de su peligrosidad, resulta ser más “sincero” que el marxista, ya que manifiesta abiertamente su doctrina destructiva.
2- El nazi desprecia al que supone inferior. mientras que el marxista odia al que supone superior.
Existen relatos de testigos, durante la Segunda Guerra Mundial, que afirman que la ideología nazi no promovía el odio a los judíos, sino que los convencía de que eran seres vivientes de poco valor y que había que eliminarlos con poco o ningún remordimiento. Por el contrario, el marxista se siente inferior, sobre todo económicamente, a sus enemigos y por ello utiliza métodos ocultos ante sus futuras victimas y ante la opinión pública.
Quienes se identifican con las tendencias totalitarias, se sienten personajes “elegidos” (por Dios, por la naturaleza, por la historia, etc.) para llevar a cabo su misión. Al respecto Hitler escribió: “La naturaleza eterna se venga sin piedad cuando se transgreden sus órdenes. Por eso es que creo obrar de acuerdo con los designios del Todopoderoso, nuestro creador, ya que: Al defenderme del judío, combato para defender la obra del señor” (De “Mi doctrina”-Editorial de temas contemporáneos-Buenos Aires 1985).
En el caso del marxismo, sus adeptos se consideran “el pueblo elegido”, el único capaz de captar las ineludibles leyes de la historia. Hanna Arendt escribió: “Los movimientos totalitarios son organizaciones de masas de individuos atomizados y aislados. En comparación con todos los demás partidos y movimientos, su más conspicua característica externa es su exigencia de una lealtad total, irrestricta, incondicional e inalterable del miembro individual. Esta exigencia es formulada por los dirigentes de los movimientos totalitarios incluso antes de la llegada al poder. Precede usualmente a la organización total del país bajo su dominio y se deduce de la afirmación de sus ideologías de que su organización abarcará a su debido tiempo a toda la raza humana” (De “Los orígenes del totalitarismo”-Editorial Aguilar SA-Buenos Aires 2010).
El totalitarismo marxista, por lo general, está motivado por intenciones destructivas como medio para la conquista del poder absoluto. Siendo la mentira su principal arma ideológica, acusan de mentirosos a todos sus opositores, con la consiguiente falta de credibilidad hacia la mayor parte de los medios de información. Hanna Arendt escribió: “No resultó accidental el que sus revolucionarios [europeos] comenzaran a adoptar también el fanatismo revolucionario típicamente ruso que miraba hacia el futuro, no para cambiar las condiciones sociales o políticas, sino para lograr la destrucción radical de todos los credos, valores e instituciones existentes”.
En cuanto al fascismo, desarrollado principalmente en Italia bajo el liderazgo de Benito Mussolini, puede decirse que produjo víctimas a una escala mucho menor que la provocada por el marxismo y por los nazis. Walter Montenegro escribió: “El fascismo proclama: «La inmutable, benéfica y provechosa desigualdad de clases» (Mussolini); el derecho inmanente de los «mejores» a gobernar; la «predestinación» de las elites (los mejores) a manejar los asuntos de la colectividad; el derecho privilegiado de esas elites, sobre el individuo; los principios inviolables de la disciplina, la autoridad y la jerarquía; la misión de «sacrificio y heroísmo de las elites, inspirada en el heroísmo y la santidad»; la actitud de renunciamiento a la comodidad y al bienestar, a cambio de «vivir peligrosamente», en busca de la superación; la supeditación de los valores materiales de la vida a los del espíritu” (De “Introducción a las doctrinas político-económicas”¨-Fondo de Cultura Económica-Bogotá 1956)
A pesar de los catastróficos hechos acontecidos durante el siglo XX, la prédica marxista todavía sigue convenciendo a muchos intelectuales y a las masas de muchos países. Stéphane Curtois escribió: “La atención excepcional otorgada a los crímenes hitlerianos está perfectamente justificada. Responde a la voluntad de los supervivientes de testificar, de los investigadores de comprender y de las autoridades morales y políticas de confirmar los valores democráticos. Pero ¿por qué ese débil eco en la opinión pública de los testimonios relativos a los crímenes comunistas? ¿Por qué ese silencio incómodo de los políticos? Y, sobre todo, ¿por qué ese silencio «académico» sobre la catástrofe comunista que ha afectado, desde hace ochenta años, a cerca de una tercera parte del género humano en cuatro continentes?”.
Esta especie de encubrimiento colectivo ha podido observarse también en la Argentina respecto de la década de los 70. Los marxistas iniciaron una lucha violenta buscando la toma del poder. Esa lucha fue rechazada en forma igualmente violenta, muchas veces en forma ilegal, por parte de las Fuerzas Armadas. Ninguno de los bandos mostró arrepentimiento; incluso el que inició la contienda buscó posteriormente la venganza. La opinión pública ha condenado, merecidamente, el accionar militar, pero ha disculpado totalmente al bando marxista. Abel Posee escribió:
“El «principio de la muerte» estaba instalado en la Argentina desde 1970, desde aquel asesinato-venganza del general Aramburu ejecutado por un grupo de jóvenes peronistas, católicos militantes, que cedieron a la tentación de la «lucha armada» para impulsar el retorno de Perón y desalojar a los militares que usurpaban el poder. De paso se vengaban de los fusilamientos de 1956. Habían optado por la vía del terrorismo y la prolongaron cuando ya el peronismo había ganado las elecciones, con Cámpora, y aún después, con Perón en el poder, y con su viuda”.
“Los jóvenes «trotscristianos» se habían cebado en sangre. Estaban copados por la imagen romántica del guevarismo y de la revolución cubana y creían en la dictadura para desviar el peronismo a un socialismo. Lo cierto es que el 24 de marzo de 1976 la Argentina era un erial agobiado que esperaba el golpe militar como una lluvia de verano que borraría con la resaca politiquera y con la runfla que rodeaba a Isabel Perón”.
“Con la ingenuidad de nuestro irracionalismo político se pensaba en una elección próxima, democrática, recomponedora. La justicia logró censar 22.000 hechos subversivos entre 1969 y 1979, 5215 atentados con explosivos, 1311 robos de armamentos, 1748 secuestros de personas, 1501 asesinatos de empresarios, funcionarios, políticos, periodistas, militares, policías, niños, etc. Galimberti, el más interesante, lúcido y perverso miembro de la fuerza subversiva, pudo decir con naturalidad: «Hubo un día en que matamos a 19 vigilantes»” (De “Consagración de la muerte”-Diario La Nación-Buenos Aires 24/3/2006).
Alguna vez el escritor Aldous Huxley expresó que: “Si hay guerra, es porque la gente quiere que haya guerra”. También podemos decir que si existen los totalitarismos y el terrorismo, es porque la gente quiere que existan y porque existe muy poca predisposición para oponerse a su accionar y a sus ideologías.
1- Preferencia del dictador por ejercer un gobierno totalitario despreciando al liberalismo (democracia + economía de mercado).
2- Tendencia a tener en la mente un enemigo real o ficticio para justificar su acción política.
3- Aceptación de la posibilidad de la lucha armada y del asesinato de los opositores.
4- Proclamación de consignas dirigidas al hombre masa, no al individuo pensante.
Mientras que los nazis tenían como enemigos a los judíos, los marxistas tenían como enemigos a los empresarios y a la “burguesía” como clase social. En un caso se promovía la discriminación racial mientras que en el otro caso se promovía el odio de clases. Si alguien repite miles de veces que la culpa de todos los males de un país la tiene tal o cual grupo étnico o social, no necesitará ordenar ataques hacia ese sector porque ya ha sembrado la semilla del odio a un nivel generalizado.
Por estas razones, los principales autores intelectuales de los asesinatos masivos ocurridos en el siglo XX son Hitler y Marx, predicando el primero el odio racial y el segundo el odio de clases. Stéphane Curtois escribió:
“Los hechos son testarudos y ponen de manifiesto que los regimenes comunistas cometieron crímenes que afectaron a unas cien millones de personas, contra unos veinticinco millones de personas aproximadamente del nazismo”
“Los mecanismos de segregación y de exclusión del «totalitarismo de clase» se asemejan singularmente a los del «totalitarismo de raza». La sociedad nazi futura debía ser construida alrededor de una «raza pura», la sociedad comunista futura alrededor de un pueblo proletario purificado de toda escoria burguesa. La remodelación de estas dos sociedades fue contemplada de la misma manera, incluso aunque los criterios de exclusión no fueran los mismos” (De “El libro negro del comunismo”- Stéphane Curtois y otros-Ediciones B-Barcelona 2010).
En cuanto a las diferencias de actitud, podemos citar algunas:
1- El nazi, dentro de su peligrosidad, resulta ser más “sincero” que el marxista, ya que manifiesta abiertamente su doctrina destructiva.
2- El nazi desprecia al que supone inferior. mientras que el marxista odia al que supone superior.
Existen relatos de testigos, durante la Segunda Guerra Mundial, que afirman que la ideología nazi no promovía el odio a los judíos, sino que los convencía de que eran seres vivientes de poco valor y que había que eliminarlos con poco o ningún remordimiento. Por el contrario, el marxista se siente inferior, sobre todo económicamente, a sus enemigos y por ello utiliza métodos ocultos ante sus futuras victimas y ante la opinión pública.
Quienes se identifican con las tendencias totalitarias, se sienten personajes “elegidos” (por Dios, por la naturaleza, por la historia, etc.) para llevar a cabo su misión. Al respecto Hitler escribió: “La naturaleza eterna se venga sin piedad cuando se transgreden sus órdenes. Por eso es que creo obrar de acuerdo con los designios del Todopoderoso, nuestro creador, ya que: Al defenderme del judío, combato para defender la obra del señor” (De “Mi doctrina”-Editorial de temas contemporáneos-Buenos Aires 1985).
En el caso del marxismo, sus adeptos se consideran “el pueblo elegido”, el único capaz de captar las ineludibles leyes de la historia. Hanna Arendt escribió: “Los movimientos totalitarios son organizaciones de masas de individuos atomizados y aislados. En comparación con todos los demás partidos y movimientos, su más conspicua característica externa es su exigencia de una lealtad total, irrestricta, incondicional e inalterable del miembro individual. Esta exigencia es formulada por los dirigentes de los movimientos totalitarios incluso antes de la llegada al poder. Precede usualmente a la organización total del país bajo su dominio y se deduce de la afirmación de sus ideologías de que su organización abarcará a su debido tiempo a toda la raza humana” (De “Los orígenes del totalitarismo”-Editorial Aguilar SA-Buenos Aires 2010).
El totalitarismo marxista, por lo general, está motivado por intenciones destructivas como medio para la conquista del poder absoluto. Siendo la mentira su principal arma ideológica, acusan de mentirosos a todos sus opositores, con la consiguiente falta de credibilidad hacia la mayor parte de los medios de información. Hanna Arendt escribió: “No resultó accidental el que sus revolucionarios [europeos] comenzaran a adoptar también el fanatismo revolucionario típicamente ruso que miraba hacia el futuro, no para cambiar las condiciones sociales o políticas, sino para lograr la destrucción radical de todos los credos, valores e instituciones existentes”.
En cuanto al fascismo, desarrollado principalmente en Italia bajo el liderazgo de Benito Mussolini, puede decirse que produjo víctimas a una escala mucho menor que la provocada por el marxismo y por los nazis. Walter Montenegro escribió: “El fascismo proclama: «La inmutable, benéfica y provechosa desigualdad de clases» (Mussolini); el derecho inmanente de los «mejores» a gobernar; la «predestinación» de las elites (los mejores) a manejar los asuntos de la colectividad; el derecho privilegiado de esas elites, sobre el individuo; los principios inviolables de la disciplina, la autoridad y la jerarquía; la misión de «sacrificio y heroísmo de las elites, inspirada en el heroísmo y la santidad»; la actitud de renunciamiento a la comodidad y al bienestar, a cambio de «vivir peligrosamente», en busca de la superación; la supeditación de los valores materiales de la vida a los del espíritu” (De “Introducción a las doctrinas político-económicas”¨-Fondo de Cultura Económica-Bogotá 1956)
A pesar de los catastróficos hechos acontecidos durante el siglo XX, la prédica marxista todavía sigue convenciendo a muchos intelectuales y a las masas de muchos países. Stéphane Curtois escribió: “La atención excepcional otorgada a los crímenes hitlerianos está perfectamente justificada. Responde a la voluntad de los supervivientes de testificar, de los investigadores de comprender y de las autoridades morales y políticas de confirmar los valores democráticos. Pero ¿por qué ese débil eco en la opinión pública de los testimonios relativos a los crímenes comunistas? ¿Por qué ese silencio incómodo de los políticos? Y, sobre todo, ¿por qué ese silencio «académico» sobre la catástrofe comunista que ha afectado, desde hace ochenta años, a cerca de una tercera parte del género humano en cuatro continentes?”.
Esta especie de encubrimiento colectivo ha podido observarse también en la Argentina respecto de la década de los 70. Los marxistas iniciaron una lucha violenta buscando la toma del poder. Esa lucha fue rechazada en forma igualmente violenta, muchas veces en forma ilegal, por parte de las Fuerzas Armadas. Ninguno de los bandos mostró arrepentimiento; incluso el que inició la contienda buscó posteriormente la venganza. La opinión pública ha condenado, merecidamente, el accionar militar, pero ha disculpado totalmente al bando marxista. Abel Posee escribió:
“El «principio de la muerte» estaba instalado en la Argentina desde 1970, desde aquel asesinato-venganza del general Aramburu ejecutado por un grupo de jóvenes peronistas, católicos militantes, que cedieron a la tentación de la «lucha armada» para impulsar el retorno de Perón y desalojar a los militares que usurpaban el poder. De paso se vengaban de los fusilamientos de 1956. Habían optado por la vía del terrorismo y la prolongaron cuando ya el peronismo había ganado las elecciones, con Cámpora, y aún después, con Perón en el poder, y con su viuda”.
“Los jóvenes «trotscristianos» se habían cebado en sangre. Estaban copados por la imagen romántica del guevarismo y de la revolución cubana y creían en la dictadura para desviar el peronismo a un socialismo. Lo cierto es que el 24 de marzo de 1976 la Argentina era un erial agobiado que esperaba el golpe militar como una lluvia de verano que borraría con la resaca politiquera y con la runfla que rodeaba a Isabel Perón”.
“Con la ingenuidad de nuestro irracionalismo político se pensaba en una elección próxima, democrática, recomponedora. La justicia logró censar 22.000 hechos subversivos entre 1969 y 1979, 5215 atentados con explosivos, 1311 robos de armamentos, 1748 secuestros de personas, 1501 asesinatos de empresarios, funcionarios, políticos, periodistas, militares, policías, niños, etc. Galimberti, el más interesante, lúcido y perverso miembro de la fuerza subversiva, pudo decir con naturalidad: «Hubo un día en que matamos a 19 vigilantes»” (De “Consagración de la muerte”-Diario La Nación-Buenos Aires 24/3/2006).
Alguna vez el escritor Aldous Huxley expresó que: “Si hay guerra, es porque la gente quiere que haya guerra”. También podemos decir que si existen los totalitarismos y el terrorismo, es porque la gente quiere que existan y porque existe muy poca predisposición para oponerse a su accionar y a sus ideologías.
lunes, 3 de enero de 2011
La izquierda igualitaria
Muchos izquierdistas no comparten las opiniones favorables que en estos tiempos recibe la República China. Recordemos que ese país, con un gobierno socialista en lo político, adoptó la economía de mercado desde hace varios años. La no aceptación, por parte de ese sector, proviene de su preferencia por una “economía igualitaria”.
Podemos imaginar el caso de un habitante chino de hace algunos años atrás, cuando carecía de heladera, cocina y otros electrodomésticos. Si alguien le propone un tipo de economía que le permitirá obtener ventajas económicas y así adquirir los elementos que faltan en su hogar, seguramente habría aceptado sin inconvenientes.
Un partidario de la izquierda igualitaria habría advertido que en los años anteriores, la carencia de los artefactos mencionados era compartida por la mayoría de la población, y que en ese entonces había “igualdad”. Se opondrá a la mejora prevista por cuanto es “desigualitaria”, ya que en la economía de mercado unos ganarán más que otros y ello creará “desigualdad social”.
Para la izquierda igualitaria, no es tan importante la pobreza en sí como la desigualdad económica, por cuanto no admite la existencia de otro tipo de valores en las personas. En lugar de observar los problemas económicos individuales, con los inconvenientes asociados a la pobreza, observa los efectos sociales que las mentes competitivas y envidiosas han de padecer. De ahí que para ellos resulta tan válido aumentar el nivel económico de los que menos tienen como reducir el de quienes más poseen.
En lugar de adaptarse a la sociedad y a las leyes naturales que rigen al comportamiento humano, restringiendo el nivel de competitividad y envidia, desde la izquierda igualitaria se pretende todavía que sea el propio orden social el que deba cambiar para evitar el padecimiento de los que no admiten perder en la competencia económica (en la cual no debieron participar). Por el contrario, el individuo que valora los aspectos afectivos y culturales de la vida, dedicará pocos de sus pensamientos a quienes tienen mayores ingresos monetarios.
Luego de los importantes avances económicos logrados en China, y las mejoras sustanciales logradas en algunos países latinoamericanos (Brasil, principalmente), impulsados por gobernantes de origen socialista, podría pensarse que se abrirían las puertas de muchos países a la posibilidad de encontrar en la economía de mercado el principio de la solución de muchos problemas sociales y de pobreza. Sin embargo, sorpresivamente nos encontramos con una tenaz oposición de los que aspiran a ese “socialismo igualitario”.
Incluso para este sector, la mayor ambición y esperanza radica en poder algún día contemplar el colapso total de los EEUU. Ello provocaría también un gran colapso a nivel mundial, pero debemos recordar que la izquierda igualitaria busca siempre la “igualdad”, de ahí que, para ellos, no habría inconvenientes si la catástrofe termina con varios cientos de millones de personas en la miseria, pero eso sí, iguales.
La izquierda igualitaria sigue convencida de los éxitos del socialismo soviético de las primeras épocas, la edad dorada del socialismo. Sin embargo, existen opiniones que afirman que nunca existió tal época dorada. Alexandr Solyenitzin, escritor ruso en la era soviética, expresó en una conferencia dada en EEUU:
“Pero del mismo modo que nos sentimos aliados a ustedes, existe otra alianza…..A primera vista parece extraña, asombrosa, pero pensándolo bien hasta resulta muy fundada y comprensible. Es la alianza de nuestros lideres comunistas y vuestros capitalistas…..Esta alianza no es nueva. El célebre Armand Hammer, que todavía vive, inició esta relación realizando los primeros contactos en vida de Lenin, durante los años iniciales de la revolución. Tales contactos resultaron muy fructíferos y desde aquel entonces prosiguieron a lo largo de cincuenta años, de modo que puede observarse un apoyo ininterrumpido y constante de los hombres de negocio occidentales, quienes ayudaron a los dirigentes comunistas soviéticos en su absurda y torpe orientación económica, que jamás hubiera podido vencer las dificultades que entrañaba sin esa ayuda técnica y material. El mismo Stalin reconoció que dos tercios de todo lo necesario se había recibido de Occidente” (De “En la lucha por la libertad” – Alexandr Solyenitzin - Emecé Editores – Buenos Aires 1976).
Por otra parte, el destacado físico soviético Andrei Sajarov escribió: “La comparación de los logros de la URSS en el campo de la ciencia, la técnica y la economía, con los obtenidos por los países extranjeros lo demuestra con toda claridad. No es casualidad que sea precisamente en nuestro país donde, durante años, se hayan visto privados de su normal desarrollo muchos y prometedores intentos científicos de la biología y la cibernética, mientras, revestidas de suntuosos colores, la demagogia descarada, la ignorancia y la charlatanería ganaban floreciente la luz pública. No es casualidad que hayan sido realizados en otros países todos los hallazgos importantes de la ciencia y de la técnica modernas: la mecánica cuántica, las nuevas partículas elementales, la fisión del uranio; el descubrimiento de los antibióticos y de la mayoría de los nuevos preparados farmacéuticos de alta efectividad; la invención del transistor, de las calculadoras electrónicas y del rayo láser; la generación de nuevas especies vegetales de gran rendimiento agrícola, el descubrimiento de otros componentes de la «revolución verde» y la creación de una nueva tecnología de la agricultura, la industria y la construcción” (De “Mi país y el mundo” – Andrei Sajarov - Editorial Noguer SA – Barcelona 1976).
En cuanto a los intercambios comerciales y tecnológicos concretos, William E. Simon escribió: “La Unión Soviética es vista por muchos norteamericanos y por gente de todo el mundo como ejemplo de una primitiva nación pastoril que se transformo en un gran poder industrial moderno gracias a una sola cosa: colectivización y planificación centralizada”.
“La verdad es muy distinta: el sistema económico soviético no funciona. Desde el principio de su proceso ha debido apoyarse en el capitalismo occidental, sobre todo en el capitalismo norteamericano. Hacia 1921, cuatro años después de la deposición del zar, los bolcheviques habían terminado de destruir la economía zarista y debieron enfrentar los efectos de su revolución. Ante la fuerza de las circunstancias, a Lenin se le ocurrió una idea brillante: abandonaría el «comunismo puro» y crearía su Nueva Política Económica. Así, en ese año, invitó a los capitalistas de Occidente para que reconstruyeran la economía rusa. Lenin se consideró maquiavélico al inventar su Nueva Política Económica que describió como «convivencia industrial con los capitalistas» y declaró: «tan pronto estemos lo suficientemente fuertes como para voltear al capitalismo, lo agarraremos por la garganta»”.
“Los capitalistas occidentales, que no sabían nada de esos venenos ideológicos pero, en cambio, todo lo referente a producción y obtención de beneficios, mordieron la carnada rusa. Lenin les ofreció generosas «concesiones» a cambio de la rápida industrialización de Rusia. Los industriales norteamericanos y europeos cayeron de rodillas en su celo por servir a los soviéticos. Por ejemplo, la International Barnsdall Corporation y la Standard Oil, ganaron licitaciones para excavación de pozos petrolíferos. Stuart, James & Cooke, Inc., reorganizaron las minas de carbón rusas. La International General Electric Company vendió a Moscú equipo eléctrico y otras importantes firmas estadounidenses – Westinghouse, Du Pont, RCA- contribuyeron de diversas maneras”.
“Durante la década del 30 nuestros hombres de negocios embarcaron replicas de complejos centros de producción norteamericana y los instalaron en la Unión Soviética como si fueran gigantescos juegos para armar. La firma Arthur G. Mackee, de Cleveland, proveyó el equipo para las enormes acerías de Magnitogorsk, John G. Calder, de Detroit, equipó e instaló el material para plantas de tractores construidas en Cheliabinsk, Henry Ford y la Austin Company proveyeron los elementos para instalar una gran fábrica de automóviles en Gorki. El coronel Hugh Cooper, creador de Muscle Shoals Dam, diseñó y construyó el gigantesco complejo hidroeléctrico situado en Dniepostroi”.
“Las más grandiosas «realizaciones bolcheviques» de la década del 30 que sirvieron para glorificar al comunismo en todo el mundo y convencieron a dos generaciones de intelectuales norteamericanos y europeos de la potencia económica de la URSS, y de la eficiencia de la planificación centralizada, fueron realizaciones del capitalismo occidental”.
“En 1941 la Unión Soviética pedía desesperadamente ayuda a Occidente para luchar contra los ejércitos de Hitler y entonces se produjo el fenómeno conocido como préstamo-arriendo. Entre 1941 y 1945 una enorme cantidad de bienes fue enviada a Rusia por aire y mar: materia prima, maquinaria, herramientas, plantas industriales completas, etc. Lo que se mandó equivalió a más de un tercio de la producción industrial soviética anterior a la guerra”.
“Una vez concluida la guerra, la dictadura comunista, protegida por acuerdos privados entre Roosevelt y Stalin, saqueó las naciones conquistadas”. “Según Keller informa, el cuarenta y uno por ciento del equipo industrial alemán fue desmantelado, embalado y transportado a Rusia”.
“A lo largo de la década del 50, mientras los soviéticos importaban tecnología, sus exportaciones consistían casi exclusivamente de productos no manufacturados. Durante las décadas del 60 y del 70, el esquema industrial de la URSS era, en esencia, el mismo esquema preindustrial que existía en la década del 20” (De “La hora de la verdad” de William E. Simon –Emecé Editores SA – Buenos Aires 1980).
Mientras que el hombre masa se caracteriza, entre otros aspectos, por no agradecer lo que recibe, sino en ser exigente, el marxista igualitario, siguiendo la actitud de Lenin antes mencionada, no sólo se caracteriza por no agradecer lo que recibe y en ser exigente, ya que también trata de destruir a quien lo favorece.
Podemos imaginar el caso de un habitante chino de hace algunos años atrás, cuando carecía de heladera, cocina y otros electrodomésticos. Si alguien le propone un tipo de economía que le permitirá obtener ventajas económicas y así adquirir los elementos que faltan en su hogar, seguramente habría aceptado sin inconvenientes.
Un partidario de la izquierda igualitaria habría advertido que en los años anteriores, la carencia de los artefactos mencionados era compartida por la mayoría de la población, y que en ese entonces había “igualdad”. Se opondrá a la mejora prevista por cuanto es “desigualitaria”, ya que en la economía de mercado unos ganarán más que otros y ello creará “desigualdad social”.
Para la izquierda igualitaria, no es tan importante la pobreza en sí como la desigualdad económica, por cuanto no admite la existencia de otro tipo de valores en las personas. En lugar de observar los problemas económicos individuales, con los inconvenientes asociados a la pobreza, observa los efectos sociales que las mentes competitivas y envidiosas han de padecer. De ahí que para ellos resulta tan válido aumentar el nivel económico de los que menos tienen como reducir el de quienes más poseen.
En lugar de adaptarse a la sociedad y a las leyes naturales que rigen al comportamiento humano, restringiendo el nivel de competitividad y envidia, desde la izquierda igualitaria se pretende todavía que sea el propio orden social el que deba cambiar para evitar el padecimiento de los que no admiten perder en la competencia económica (en la cual no debieron participar). Por el contrario, el individuo que valora los aspectos afectivos y culturales de la vida, dedicará pocos de sus pensamientos a quienes tienen mayores ingresos monetarios.
Luego de los importantes avances económicos logrados en China, y las mejoras sustanciales logradas en algunos países latinoamericanos (Brasil, principalmente), impulsados por gobernantes de origen socialista, podría pensarse que se abrirían las puertas de muchos países a la posibilidad de encontrar en la economía de mercado el principio de la solución de muchos problemas sociales y de pobreza. Sin embargo, sorpresivamente nos encontramos con una tenaz oposición de los que aspiran a ese “socialismo igualitario”.
Incluso para este sector, la mayor ambición y esperanza radica en poder algún día contemplar el colapso total de los EEUU. Ello provocaría también un gran colapso a nivel mundial, pero debemos recordar que la izquierda igualitaria busca siempre la “igualdad”, de ahí que, para ellos, no habría inconvenientes si la catástrofe termina con varios cientos de millones de personas en la miseria, pero eso sí, iguales.
La izquierda igualitaria sigue convencida de los éxitos del socialismo soviético de las primeras épocas, la edad dorada del socialismo. Sin embargo, existen opiniones que afirman que nunca existió tal época dorada. Alexandr Solyenitzin, escritor ruso en la era soviética, expresó en una conferencia dada en EEUU:
“Pero del mismo modo que nos sentimos aliados a ustedes, existe otra alianza…..A primera vista parece extraña, asombrosa, pero pensándolo bien hasta resulta muy fundada y comprensible. Es la alianza de nuestros lideres comunistas y vuestros capitalistas…..Esta alianza no es nueva. El célebre Armand Hammer, que todavía vive, inició esta relación realizando los primeros contactos en vida de Lenin, durante los años iniciales de la revolución. Tales contactos resultaron muy fructíferos y desde aquel entonces prosiguieron a lo largo de cincuenta años, de modo que puede observarse un apoyo ininterrumpido y constante de los hombres de negocio occidentales, quienes ayudaron a los dirigentes comunistas soviéticos en su absurda y torpe orientación económica, que jamás hubiera podido vencer las dificultades que entrañaba sin esa ayuda técnica y material. El mismo Stalin reconoció que dos tercios de todo lo necesario se había recibido de Occidente” (De “En la lucha por la libertad” – Alexandr Solyenitzin - Emecé Editores – Buenos Aires 1976).
Por otra parte, el destacado físico soviético Andrei Sajarov escribió: “La comparación de los logros de la URSS en el campo de la ciencia, la técnica y la economía, con los obtenidos por los países extranjeros lo demuestra con toda claridad. No es casualidad que sea precisamente en nuestro país donde, durante años, se hayan visto privados de su normal desarrollo muchos y prometedores intentos científicos de la biología y la cibernética, mientras, revestidas de suntuosos colores, la demagogia descarada, la ignorancia y la charlatanería ganaban floreciente la luz pública. No es casualidad que hayan sido realizados en otros países todos los hallazgos importantes de la ciencia y de la técnica modernas: la mecánica cuántica, las nuevas partículas elementales, la fisión del uranio; el descubrimiento de los antibióticos y de la mayoría de los nuevos preparados farmacéuticos de alta efectividad; la invención del transistor, de las calculadoras electrónicas y del rayo láser; la generación de nuevas especies vegetales de gran rendimiento agrícola, el descubrimiento de otros componentes de la «revolución verde» y la creación de una nueva tecnología de la agricultura, la industria y la construcción” (De “Mi país y el mundo” – Andrei Sajarov - Editorial Noguer SA – Barcelona 1976).
En cuanto a los intercambios comerciales y tecnológicos concretos, William E. Simon escribió: “La Unión Soviética es vista por muchos norteamericanos y por gente de todo el mundo como ejemplo de una primitiva nación pastoril que se transformo en un gran poder industrial moderno gracias a una sola cosa: colectivización y planificación centralizada”.
“La verdad es muy distinta: el sistema económico soviético no funciona. Desde el principio de su proceso ha debido apoyarse en el capitalismo occidental, sobre todo en el capitalismo norteamericano. Hacia 1921, cuatro años después de la deposición del zar, los bolcheviques habían terminado de destruir la economía zarista y debieron enfrentar los efectos de su revolución. Ante la fuerza de las circunstancias, a Lenin se le ocurrió una idea brillante: abandonaría el «comunismo puro» y crearía su Nueva Política Económica. Así, en ese año, invitó a los capitalistas de Occidente para que reconstruyeran la economía rusa. Lenin se consideró maquiavélico al inventar su Nueva Política Económica que describió como «convivencia industrial con los capitalistas» y declaró: «tan pronto estemos lo suficientemente fuertes como para voltear al capitalismo, lo agarraremos por la garganta»”.
“Los capitalistas occidentales, que no sabían nada de esos venenos ideológicos pero, en cambio, todo lo referente a producción y obtención de beneficios, mordieron la carnada rusa. Lenin les ofreció generosas «concesiones» a cambio de la rápida industrialización de Rusia. Los industriales norteamericanos y europeos cayeron de rodillas en su celo por servir a los soviéticos. Por ejemplo, la International Barnsdall Corporation y la Standard Oil, ganaron licitaciones para excavación de pozos petrolíferos. Stuart, James & Cooke, Inc., reorganizaron las minas de carbón rusas. La International General Electric Company vendió a Moscú equipo eléctrico y otras importantes firmas estadounidenses – Westinghouse, Du Pont, RCA- contribuyeron de diversas maneras”.
“Durante la década del 30 nuestros hombres de negocios embarcaron replicas de complejos centros de producción norteamericana y los instalaron en la Unión Soviética como si fueran gigantescos juegos para armar. La firma Arthur G. Mackee, de Cleveland, proveyó el equipo para las enormes acerías de Magnitogorsk, John G. Calder, de Detroit, equipó e instaló el material para plantas de tractores construidas en Cheliabinsk, Henry Ford y la Austin Company proveyeron los elementos para instalar una gran fábrica de automóviles en Gorki. El coronel Hugh Cooper, creador de Muscle Shoals Dam, diseñó y construyó el gigantesco complejo hidroeléctrico situado en Dniepostroi”.
“Las más grandiosas «realizaciones bolcheviques» de la década del 30 que sirvieron para glorificar al comunismo en todo el mundo y convencieron a dos generaciones de intelectuales norteamericanos y europeos de la potencia económica de la URSS, y de la eficiencia de la planificación centralizada, fueron realizaciones del capitalismo occidental”.
“En 1941 la Unión Soviética pedía desesperadamente ayuda a Occidente para luchar contra los ejércitos de Hitler y entonces se produjo el fenómeno conocido como préstamo-arriendo. Entre 1941 y 1945 una enorme cantidad de bienes fue enviada a Rusia por aire y mar: materia prima, maquinaria, herramientas, plantas industriales completas, etc. Lo que se mandó equivalió a más de un tercio de la producción industrial soviética anterior a la guerra”.
“Una vez concluida la guerra, la dictadura comunista, protegida por acuerdos privados entre Roosevelt y Stalin, saqueó las naciones conquistadas”. “Según Keller informa, el cuarenta y uno por ciento del equipo industrial alemán fue desmantelado, embalado y transportado a Rusia”.
“A lo largo de la década del 50, mientras los soviéticos importaban tecnología, sus exportaciones consistían casi exclusivamente de productos no manufacturados. Durante las décadas del 60 y del 70, el esquema industrial de la URSS era, en esencia, el mismo esquema preindustrial que existía en la década del 20” (De “La hora de la verdad” de William E. Simon –Emecé Editores SA – Buenos Aires 1980).
Mientras que el hombre masa se caracteriza, entre otros aspectos, por no agradecer lo que recibe, sino en ser exigente, el marxista igualitario, siguiendo la actitud de Lenin antes mencionada, no sólo se caracteriza por no agradecer lo que recibe y en ser exigente, ya que también trata de destruir a quien lo favorece.
domingo, 29 de agosto de 2010
Explotación laboral
El marxismo fundamenta sus críticas al capitalismo privado aduciendo la existencia de explotación laboral desde el empresariado hacia los trabajadores. Por ello proponen abolir tal sistema para reemplazarlo por el socialismo, o capitalismo estatal. En este sistema económico, el Estado (o quienes lo dirigen) será el propietario de todos los medios de producción. Pero nadie garantiza que no vaya a existir explotación laboral bajo el nuevo régimen. La médica cubana Hilda Molina escribió:
“Mi primera jornada en el hospital de Mostaganem resultó esclarecedora. Al firmar mi contrato comprobé que el gobierno cubano cobraba muchas divisas por mi trabajo, tantas que la cifra final ascendió a más de un cuarto de millón de dólares. Yo, al igual que el resto de mis compatriotas, recibía sólo un pequeño estipendio en dinares argelinos que apenas garantizaba la supervivencia, al tiempo que en Cuba entregaban a mi madre mi modesto salario en pesos cubanos”.
“Supe también que mi presencia en Argelia no obedecía a una situación de catástrofe. El verdadero motivo era que los neurocirujanos de ese país se negaban a trabajar en Mostaganem y preferían hacerlo en ciudades más importantes con vistas a satisfacer sus intereses lucrativos. Conocí además que a los galenos cubanos nos obligaban a residir cual becarios adolescentes, varios en un mismo apartamento. Y confirmé que, tanto para las autoridades de la isla como para sus representantes en Argelia, los especialistas de la salud no éramos más que una dotación de esclavos ingenuos, obedientes, abnegados y excelentes productores de dólares”.
“….Y yo, una indefensa mujer, viajaba sola junta al chofer hasta el hospital donde en horario nocturno únicamente trabajaban hombres argelinos. El peligro que esto implicaba para mi seguridad y para mi salud no importaba ni a los diplomáticos ni a los funcionarios cubanos. A ellos solamente les interesaban las divisas que el régimen recaudaba por cada una de mis guardias, los dólares que fluían a partir de mi riesgoso trabajo y de mis inolvidables dolorosos sacrificios” (Del libro “Mi verdad” de Hilda Molina – Pág.151-152 – Grupo Editorial Planeta SAIC – Buenos Aires 2010).
Luego de una sucesión casi interminable de fracasos, los marxistas ni siquiera tienen la menor predisposición a comparar a la antigua Alemania Occidental, con su “milagro alemán”, con la Alemania Oriental (socialista), que tuvo que cerrar una de sus fronteras con la muralla de Berlín. Tampoco se dignan comparar a la antigua China socialista de Mao Tse Tung con la floreciente China que adhiere a la economía de mercado.
En el capitalismo privado, cuando alguien siente que es explotado laboralmente, tiene tres opciones para evadir la situación: puede solicitar trabajo en otra empresa, puede trabajar por cuenta propia o bien puede irse a otra ciudad o a otro país, por lo que puede denominarse tal situación laboral como una esclavitud circunstancial. En el capitalismo estatal, como es el caso de Cuba, el cambio de empresa implica quedar trabajando para el mismo “dueño”, el Estado, mientras que está prohibida toda actividad laboral individual o privada y también es casi imposible abandonar el país, por lo que tal situación laboral y social puede denominarse “esclavitud forzada”, algo ya superado por muchos países desde hace varios siglos.
Cabe establecer, como conclusión inmediata, que carece de sentido perder el tiempo en discusiones en las que no se tiene en cuenta la realidad y que sólo se apunta a la toma del poder por parte de un minúsculo sector de la sociedad. Eso sí, debe reconocerse, tal sector ha logrado convencer, con sus pobres argumentos, a un masivo sector de la población. Aunque alguna razón tienen, ya que Marx había pronosticado el derrumbe del capitalismo, tal como ocurrió en el caso del ex Imperio Soviético, de la China socialista y de muchos otros países. Justamente, cayeron primeramente los capitalismos estatales cuyo establecimiento fue favorecido por las prédicas del propio Marx.
Respecto al capitalismo privado, su mejora comenzará a producirse cuando se critique a los que especulan y a los que poco o nada producen, en lugar de hacerlo con los sectores productivos de la sociedad suponiendo que necesariamente han de ser “explotadores” de sus empleados.
En cuanto a la ex Unión Soviética, su último líder, Mijail Gorbachov, expresó: “Un serio obstáculo en el camino de las transformaciones fue el inmenso estrato intermedio de la administración, los funcionarios políticos y estatales para los que el régimen creado bajo Stalin era algo «propio», el medio natural, una fuente de privilegios y de poder prácticamente incontrolable sobre los individuos” (De “Memorias de los años decisivos 1985-1992” de Mijael Gorbachov – Ed. Globus Comunicación – Madrid 1994)
En el socialismo teórico, se considera “explotación laboral” a toda dependencia laboral fuera del sistema socialista, ya que se propone que cada empleado sea en realidad un “socio” más en toda empresa. De ahí aquella frase que sugiere: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”. Es decir, el empresario, capaz de crear y llevar adelante un emprendimiento empresarial, debe hacerlo sin pretender ganar más que sus empleados, por cuanto estos tienen sus mismas necesidades. En el socialismo real, por el contrario, al establecerse la “dictadura del proletariado”, la clase dirigente marxista se encarga de explotar al resto de la población.
Todo esto, que para muchos no resulta ser una novedad, hace surgir una pregunta: ¿Porqué existe tanta admiración por Fidel Castro o por el Che Guevara?. Cabe una respuesta: “Porque el que odia a mi enemigo (EEUU) es mi amigo”. En muchos países, es tan grande el odio hacia EEUU que se llega a simpatizar con quienes promueven la explotación laboral y la esclavitud forzada. Recordemos que una emisora de Buenos Aires hizo una encuesta, luego del atentado a las torres de Nueva York, para conocer el porcentaje de quienes adherían a la exclamación de Hebe de Bonafini de que “había festejado el atentado”, y resultó un cincuenta y cinco por ciento de adhesiones a favor.
La creencia marxista en la culpabilidad empresarial por los males de la sociedad, ha sido bastante aceptada por la mayoría. Incluso se supone que el delincuente común es alguien previamente marginado de aquélla (debido al “monopolio empresarial” y la “explotación laboral”) por lo cual se lo exime de culpas y se lo trata de reinsertar rápidamente en la sociedad, favoreciendo la violencia urbana que produce diariamente gran cantidad de victimas inocentes.
El trabajo de los menores de edad es un hecho indeseado, ya que en nuestra época es imprescindible poseer cierta capacitación, además de los otros beneficios que brinda el estudio. Pero habrá muchos adolescentes que no quieren estudiar, por lo que en otras épocas aprovechaba el tiempo aprendiendo algún oficio. Sin embargo, actualmente, la prohibición al trabajo de los menores responde a cierta necesidad de protegerlos de la “explotación laboral” que, se supone, necesariamente se ha de dar en la sociedad de capitalismo privado. Asociada a la no imputabilidad de los menores ante delitos cometidos, se les provoca un grave daño por cuanto, al llegar a la mayoría de edad, no tienen hábitos laborales y hasta pueden haber llegado a un paso de la delincuencia.
Debemos tratar de priorizar la realidad en cuanto existan diferencias con las opiniones de Marx. El escritor Aldous Huxley alguna vez expresó: “Si hay guerra es porque la gente quiere que haya guerra”. Ahora podemos decir que, si existe violencia urbana, es porque las ideas predominantes en la sociedad la favorecen.
“Mi primera jornada en el hospital de Mostaganem resultó esclarecedora. Al firmar mi contrato comprobé que el gobierno cubano cobraba muchas divisas por mi trabajo, tantas que la cifra final ascendió a más de un cuarto de millón de dólares. Yo, al igual que el resto de mis compatriotas, recibía sólo un pequeño estipendio en dinares argelinos que apenas garantizaba la supervivencia, al tiempo que en Cuba entregaban a mi madre mi modesto salario en pesos cubanos”.
“Supe también que mi presencia en Argelia no obedecía a una situación de catástrofe. El verdadero motivo era que los neurocirujanos de ese país se negaban a trabajar en Mostaganem y preferían hacerlo en ciudades más importantes con vistas a satisfacer sus intereses lucrativos. Conocí además que a los galenos cubanos nos obligaban a residir cual becarios adolescentes, varios en un mismo apartamento. Y confirmé que, tanto para las autoridades de la isla como para sus representantes en Argelia, los especialistas de la salud no éramos más que una dotación de esclavos ingenuos, obedientes, abnegados y excelentes productores de dólares”.
“….Y yo, una indefensa mujer, viajaba sola junta al chofer hasta el hospital donde en horario nocturno únicamente trabajaban hombres argelinos. El peligro que esto implicaba para mi seguridad y para mi salud no importaba ni a los diplomáticos ni a los funcionarios cubanos. A ellos solamente les interesaban las divisas que el régimen recaudaba por cada una de mis guardias, los dólares que fluían a partir de mi riesgoso trabajo y de mis inolvidables dolorosos sacrificios” (Del libro “Mi verdad” de Hilda Molina – Pág.151-152 – Grupo Editorial Planeta SAIC – Buenos Aires 2010).
Luego de una sucesión casi interminable de fracasos, los marxistas ni siquiera tienen la menor predisposición a comparar a la antigua Alemania Occidental, con su “milagro alemán”, con la Alemania Oriental (socialista), que tuvo que cerrar una de sus fronteras con la muralla de Berlín. Tampoco se dignan comparar a la antigua China socialista de Mao Tse Tung con la floreciente China que adhiere a la economía de mercado.
En el capitalismo privado, cuando alguien siente que es explotado laboralmente, tiene tres opciones para evadir la situación: puede solicitar trabajo en otra empresa, puede trabajar por cuenta propia o bien puede irse a otra ciudad o a otro país, por lo que puede denominarse tal situación laboral como una esclavitud circunstancial. En el capitalismo estatal, como es el caso de Cuba, el cambio de empresa implica quedar trabajando para el mismo “dueño”, el Estado, mientras que está prohibida toda actividad laboral individual o privada y también es casi imposible abandonar el país, por lo que tal situación laboral y social puede denominarse “esclavitud forzada”, algo ya superado por muchos países desde hace varios siglos.
Cabe establecer, como conclusión inmediata, que carece de sentido perder el tiempo en discusiones en las que no se tiene en cuenta la realidad y que sólo se apunta a la toma del poder por parte de un minúsculo sector de la sociedad. Eso sí, debe reconocerse, tal sector ha logrado convencer, con sus pobres argumentos, a un masivo sector de la población. Aunque alguna razón tienen, ya que Marx había pronosticado el derrumbe del capitalismo, tal como ocurrió en el caso del ex Imperio Soviético, de la China socialista y de muchos otros países. Justamente, cayeron primeramente los capitalismos estatales cuyo establecimiento fue favorecido por las prédicas del propio Marx.
Respecto al capitalismo privado, su mejora comenzará a producirse cuando se critique a los que especulan y a los que poco o nada producen, en lugar de hacerlo con los sectores productivos de la sociedad suponiendo que necesariamente han de ser “explotadores” de sus empleados.
En cuanto a la ex Unión Soviética, su último líder, Mijail Gorbachov, expresó: “Un serio obstáculo en el camino de las transformaciones fue el inmenso estrato intermedio de la administración, los funcionarios políticos y estatales para los que el régimen creado bajo Stalin era algo «propio», el medio natural, una fuente de privilegios y de poder prácticamente incontrolable sobre los individuos” (De “Memorias de los años decisivos 1985-1992” de Mijael Gorbachov – Ed. Globus Comunicación – Madrid 1994)
En el socialismo teórico, se considera “explotación laboral” a toda dependencia laboral fuera del sistema socialista, ya que se propone que cada empleado sea en realidad un “socio” más en toda empresa. De ahí aquella frase que sugiere: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”. Es decir, el empresario, capaz de crear y llevar adelante un emprendimiento empresarial, debe hacerlo sin pretender ganar más que sus empleados, por cuanto estos tienen sus mismas necesidades. En el socialismo real, por el contrario, al establecerse la “dictadura del proletariado”, la clase dirigente marxista se encarga de explotar al resto de la población.
Todo esto, que para muchos no resulta ser una novedad, hace surgir una pregunta: ¿Porqué existe tanta admiración por Fidel Castro o por el Che Guevara?. Cabe una respuesta: “Porque el que odia a mi enemigo (EEUU) es mi amigo”. En muchos países, es tan grande el odio hacia EEUU que se llega a simpatizar con quienes promueven la explotación laboral y la esclavitud forzada. Recordemos que una emisora de Buenos Aires hizo una encuesta, luego del atentado a las torres de Nueva York, para conocer el porcentaje de quienes adherían a la exclamación de Hebe de Bonafini de que “había festejado el atentado”, y resultó un cincuenta y cinco por ciento de adhesiones a favor.
La creencia marxista en la culpabilidad empresarial por los males de la sociedad, ha sido bastante aceptada por la mayoría. Incluso se supone que el delincuente común es alguien previamente marginado de aquélla (debido al “monopolio empresarial” y la “explotación laboral”) por lo cual se lo exime de culpas y se lo trata de reinsertar rápidamente en la sociedad, favoreciendo la violencia urbana que produce diariamente gran cantidad de victimas inocentes.
El trabajo de los menores de edad es un hecho indeseado, ya que en nuestra época es imprescindible poseer cierta capacitación, además de los otros beneficios que brinda el estudio. Pero habrá muchos adolescentes que no quieren estudiar, por lo que en otras épocas aprovechaba el tiempo aprendiendo algún oficio. Sin embargo, actualmente, la prohibición al trabajo de los menores responde a cierta necesidad de protegerlos de la “explotación laboral” que, se supone, necesariamente se ha de dar en la sociedad de capitalismo privado. Asociada a la no imputabilidad de los menores ante delitos cometidos, se les provoca un grave daño por cuanto, al llegar a la mayoría de edad, no tienen hábitos laborales y hasta pueden haber llegado a un paso de la delincuencia.
Debemos tratar de priorizar la realidad en cuanto existan diferencias con las opiniones de Marx. El escritor Aldous Huxley alguna vez expresó: “Si hay guerra es porque la gente quiere que haya guerra”. Ahora podemos decir que, si existe violencia urbana, es porque las ideas predominantes en la sociedad la favorecen.
domingo, 9 de mayo de 2010
El "amor" de un líder por su pueblo...
Hilda Molina escribe:
“El 14 de Octubre (de 1962), el gobierno de EEUU había detectado la presencia de bases soviéticas de misiles nucleares en Cuba, por lo que el presidente John F. Kennedy decretó el cerco total de nuestra isla. Aunque el líder de la Unión Soviética, Nikita Krushev, se dispuso a buscar una solución a ese gravísimo conflicto, Fidel Castro, con su habitual intransigencia e irresponsabilidad, recomendó a los soviéticos el ataque a EEUU sin importarle que su insensible proposición implicara el exterminio del pueblo de Cuba y el lanzamiento del mundo al holocausto nuclear.”
(Extractos de “Mi verdad” de Hilda Molina – (Pág.66) – Grupo Editorial Planeta SAIC – Buenos Aires 2010)
“El 14 de Octubre (de 1962), el gobierno de EEUU había detectado la presencia de bases soviéticas de misiles nucleares en Cuba, por lo que el presidente John F. Kennedy decretó el cerco total de nuestra isla. Aunque el líder de la Unión Soviética, Nikita Krushev, se dispuso a buscar una solución a ese gravísimo conflicto, Fidel Castro, con su habitual intransigencia e irresponsabilidad, recomendó a los soviéticos el ataque a EEUU sin importarle que su insensible proposición implicara el exterminio del pueblo de Cuba y el lanzamiento del mundo al holocausto nuclear.”
(Extractos de “Mi verdad” de Hilda Molina – (Pág.66) – Grupo Editorial Planeta SAIC – Buenos Aires 2010)
El súbdito ideal
Escribe Hilda Molina:
“El prototipo de ciudadano ideal al régimen de Fidel Castro debe amar sobre todas las cosas al Estado y a su máximo líder, amarlos más que a Dios y más que a su propia familia; y rendirle, extasiado de emoción, un culto idolátrico al Comandante, convencido de que él es la sumatoria sacrosanta de la patria, la nación, el himno y la bandera. Ese ciudadano, que bajo ningún concepto puede ser católico, en infinita muestra de gratitud por las limosnas que le ofrece el gobierno, debe renunciar con alegría a su identidad y a todas las libertades y derechos que Dios le concedió al crearlo único e irrepetible.
No puede pensar con su propio cerebro, sino a través de los pensamientos de Fidel Castro y de su Partido Comunista; y, pletórico de dicha, debe destrozar sus propios sueños para hacer realidad los sueños y caprichos del Comandante. Ese ciudadano tiene que observar con obsecuencia y satisfacción los privilegios de la jerarquía dirigente y de sus familiares, y aplaudir y elogiar tales privilegios.
Aunque constate por doquier la descomposición social que corroe las entrañas de la patria: vicios, violencia, corrupción, prostitución….debe sentirse feliz de vivir en la sociedad más pura y limpia del mundo y en el país que es cuna y hogar del «hombre nuevo».
Tiene que llorar de felicidad, de orgullo y de emoción cuando es designado para cumplir cualquier misión del Comandante, no importa que ésta sea por tiempo indefinido y lejos de la patria. Ese ciudadano ideal, no obstante el peligro real de morir o quedar mutilado, debe marchar embargado de gozo de pelear en guerras ajenas para hacer feliz al Comandante.
Tiene que vibrar de admiración, de orgullo y de satisfacción cuando el Comandante insulte públicamente a los capitalistas al tiempo que mantiene una amistad entrañable con individuos que son paradigmas del capitalismo salvaje. Debe sentirse honrado y feliz si Fidel Castro y su revolución le dan la oportunidad de convertirse en sirviente o en esclavo de cualquier extranjero, no importa si es un aventurero o hasta un delincuente.
Ese ciudadano hipotéticamente ideal debe esforzarse al máximo para producir muchas divisas y llenarse de júbilo cuando los jefes del gobierno y del Partido cobran esas divisas. El ciudadano ideal al régimen de Fidel Castro debe agradecer a su Comandante la extraordinaria posibilidad de ser un individuo de última categoría en su propio país y de vivir en una Cuba para los extranjeros.
Debe comprender, pero bien comprendido, que él no es merecedor de ningún reconocimiento, porque su alegría mayor es hacer entrega sistemática de sus propios triunfos, méritos, logros, éxitos y hazañas y transferirlos al Comandante, único y verdadero héroe de la nación.
Ese hipotético ciudadano ideal debe reverenciar y rendir perenne tributo de gratitud a Fidel Castro cuando el máximo líder y su régimen le secuestren el alma, lo despersonalicen, le destrocen la autoestima, le pulvericen las esperanzas y los sueños, y lo transformen en un miembro sin nombre de una multitud sumisa y aterrorizada”
(Extractos de “Mi verdad” de Hilda Molina – (Pág.312 a 313) – Grupo Editorial Planeta SAIC – Buenos Aires 2010)
miércoles, 5 de mayo de 2010
Fidel Castro; un auténtico marxista
Escribe la médica cubana Hilda Molina:
“…..Pero el Fidel Castro original nunca estuvo satisfecho consigo mismo. Él ambicionaba ser el hombre más importante del planeta, el mejor del mundo y, frustrado porque sus humanas limitaciones le impedían satisfacer sus anhelos sobrehumanos, desarrolló un odio visceral hacia sí mismo. Fidel Castro se odiaba y, no conforme con su propio yo, cual un Frankestein contemporáneo y caribeño, se inventó, se fabricó otro Fidel Castro. ¿Cómo lo hizo? Aniquiló su alma, metamorfoseó su frustración en un ego descomunal y sumó ese ego a su carisma y a su privilegiada inteligencia, adiciones estas que generaron un monstruo capaz de apropiarse de un poder ilimitado y vitalicio. Y ha sido mediante ese poder, que él lo imagina lo equipara con Dios, que Fidel Castro ha alcanzado su obsesiva meta de erigirse en el mejor del mundo en todo. ¿Cómo? Ejerciendo una suerte de vampirismo emocional y espiritual, apoderándose de las voluntades y de las almas de millones de seres humanos cubanos y de otras tierras. Émulo inveterado de Alejandro Magno, cuyo nombre adoptó como su propio «nombre de guerra», Fidel Castro usó su poder para atribuirse los méritos militares de algunos cubanos bajo su mando, a los que puso al frente de las tropas cubanas que no sólo se involucraron en guerras ajenas y en aventuras bélicas en casi todos los continentes, sino que además fabricaron guerras desestabilizadoras en numerosos países”.
“Su poder le permitió también convertirse en un neurocirujano famoso, secuestrando la voluntad de la neurocirujano cubana que había roto esquemas en su país y que había logrado, con tesón y humildad, insertarse por derecho propio en la comunidad científica internacional. Gracias a su poder ha podido adjudicarse los méritos de miles de sacrificados y talentosos profesionales de la salud de la isla, transformándose en el héroe de la medicina cubana. De igual forma y desde el poder, ha usurpado los méritos de sus mejores compatriotas, y así ha sido y es el alfabetizador y el maestro más admirado del mundo, un multilaureado deportista olímpico, el mejor científico, el mejor profesor, el mejor músico, el mejor obrero agrícola, el mejor ingeniero……”
“Su omnímodo poder lo constituyó desde 1959 en dueño absoluto de Cuba, isla a la que ha manejado cual su hacienda particular, y en el amo inmisericorde de una dotación de más de once millones de esclavos, dotación por cierto repleta de esclavos cultos, inteligentes, creativos…..esclavos de lujo”.
“El culto a la personalidad de Fidel Castro tenía y tiene una de sus más insultantes expresiones en la magnitud y calidad de los servicios médicos concebidos, organizados y estructurados para su exclusiva atención. Me consta que disponía de tres clínicas, al menos de una ambulancia-hospital, y de una Unidad de Cuidados Intensivos emplazada en su avión particular”.
“Ignoro las características de los servicios médicos con que cuentan los jefes de Estado de otros países, pero opino que es totalmente censurable que en un mundo donde tantos seres humanos mueren por carecer hasta de un médico, existen mandatarios que, cual hace Fidel Castro, utilicen el poder no para servir a sus pueblos, sino para autoasignarse servicios de salud privilegiados, costosos y exclusivos, únicamente para ellos, y a los que los pueblos no tienen acceso”.
“Me duele el dolor de mi patria por la espantosa realidad que nos ha tocado vivir. Me duelen las realidades sobre Fidel Castro y su personalidad que he podido constatar a través de los sistemáticos intercambios que durante más de seis años sostuve con él. Porque Fidel Castro es sin duda un psicópata, un sociópata, o la síntesis de ambos. Y pertenece a la terrible cofradía de «iluminados», de «elegidos» que vienen al mundo cíclicamente y en cualquier lugar del orbe para devorar almas, destrozar autoestimas, pulverizar esperanzas, esparcir odio, conculcar derechos, pisotear libertades y convertir a sus conciudadanos en manadas sumisas, aterrorizadas y despersonalizadas. Ningún ser humano dueño de una personalidad mínimamente normal y con al menos un poco de alma y de corazón, es capaz de erigirse en Dios absoluto de sus congéneres ni de arrogarse la potestad de regir los pensamientos, las ideas, los gustos y los sentimientos de sus semejantes. Fidel Castro, al igual que los otros «iluminados» del pasado y del presente, ha decretado y decreta la ejecución física o la no menos asesina ejecución moral de todos aquellos que, aun pacíficamente, se deciden a recuperar sus voluntades, a recobrar sus identidades, a pensar con sus cerebros y a sentir con sus almas”
(Extractos de “Mi verdad” de Hilda Molina – (Pág.264 a 267) – Grupo Editorial Planeta SAIC – Buenos Aires 2010)
“…..Pero el Fidel Castro original nunca estuvo satisfecho consigo mismo. Él ambicionaba ser el hombre más importante del planeta, el mejor del mundo y, frustrado porque sus humanas limitaciones le impedían satisfacer sus anhelos sobrehumanos, desarrolló un odio visceral hacia sí mismo. Fidel Castro se odiaba y, no conforme con su propio yo, cual un Frankestein contemporáneo y caribeño, se inventó, se fabricó otro Fidel Castro. ¿Cómo lo hizo? Aniquiló su alma, metamorfoseó su frustración en un ego descomunal y sumó ese ego a su carisma y a su privilegiada inteligencia, adiciones estas que generaron un monstruo capaz de apropiarse de un poder ilimitado y vitalicio. Y ha sido mediante ese poder, que él lo imagina lo equipara con Dios, que Fidel Castro ha alcanzado su obsesiva meta de erigirse en el mejor del mundo en todo. ¿Cómo? Ejerciendo una suerte de vampirismo emocional y espiritual, apoderándose de las voluntades y de las almas de millones de seres humanos cubanos y de otras tierras. Émulo inveterado de Alejandro Magno, cuyo nombre adoptó como su propio «nombre de guerra», Fidel Castro usó su poder para atribuirse los méritos militares de algunos cubanos bajo su mando, a los que puso al frente de las tropas cubanas que no sólo se involucraron en guerras ajenas y en aventuras bélicas en casi todos los continentes, sino que además fabricaron guerras desestabilizadoras en numerosos países”.
“Su poder le permitió también convertirse en un neurocirujano famoso, secuestrando la voluntad de la neurocirujano cubana que había roto esquemas en su país y que había logrado, con tesón y humildad, insertarse por derecho propio en la comunidad científica internacional. Gracias a su poder ha podido adjudicarse los méritos de miles de sacrificados y talentosos profesionales de la salud de la isla, transformándose en el héroe de la medicina cubana. De igual forma y desde el poder, ha usurpado los méritos de sus mejores compatriotas, y así ha sido y es el alfabetizador y el maestro más admirado del mundo, un multilaureado deportista olímpico, el mejor científico, el mejor profesor, el mejor músico, el mejor obrero agrícola, el mejor ingeniero……”
“Su omnímodo poder lo constituyó desde 1959 en dueño absoluto de Cuba, isla a la que ha manejado cual su hacienda particular, y en el amo inmisericorde de una dotación de más de once millones de esclavos, dotación por cierto repleta de esclavos cultos, inteligentes, creativos…..esclavos de lujo”.
“El culto a la personalidad de Fidel Castro tenía y tiene una de sus más insultantes expresiones en la magnitud y calidad de los servicios médicos concebidos, organizados y estructurados para su exclusiva atención. Me consta que disponía de tres clínicas, al menos de una ambulancia-hospital, y de una Unidad de Cuidados Intensivos emplazada en su avión particular”.
“Ignoro las características de los servicios médicos con que cuentan los jefes de Estado de otros países, pero opino que es totalmente censurable que en un mundo donde tantos seres humanos mueren por carecer hasta de un médico, existen mandatarios que, cual hace Fidel Castro, utilicen el poder no para servir a sus pueblos, sino para autoasignarse servicios de salud privilegiados, costosos y exclusivos, únicamente para ellos, y a los que los pueblos no tienen acceso”.
“Me duele el dolor de mi patria por la espantosa realidad que nos ha tocado vivir. Me duelen las realidades sobre Fidel Castro y su personalidad que he podido constatar a través de los sistemáticos intercambios que durante más de seis años sostuve con él. Porque Fidel Castro es sin duda un psicópata, un sociópata, o la síntesis de ambos. Y pertenece a la terrible cofradía de «iluminados», de «elegidos» que vienen al mundo cíclicamente y en cualquier lugar del orbe para devorar almas, destrozar autoestimas, pulverizar esperanzas, esparcir odio, conculcar derechos, pisotear libertades y convertir a sus conciudadanos en manadas sumisas, aterrorizadas y despersonalizadas. Ningún ser humano dueño de una personalidad mínimamente normal y con al menos un poco de alma y de corazón, es capaz de erigirse en Dios absoluto de sus congéneres ni de arrogarse la potestad de regir los pensamientos, las ideas, los gustos y los sentimientos de sus semejantes. Fidel Castro, al igual que los otros «iluminados» del pasado y del presente, ha decretado y decreta la ejecución física o la no menos asesina ejecución moral de todos aquellos que, aun pacíficamente, se deciden a recuperar sus voluntades, a recobrar sus identidades, a pensar con sus cerebros y a sentir con sus almas”
(Extractos de “Mi verdad” de Hilda Molina – (Pág.264 a 267) – Grupo Editorial Planeta SAIC – Buenos Aires 2010)
martes, 8 de septiembre de 2009
Ahora Chávez
Ante la amenaza potencial que se cierne sobre Sudamérica, debida a los preparativos de Hugo Chávez y sus aliados, una gran parte de Sudamérica rechaza, quizás por ser una herejía contra el socialismo, la natural y legítima defensa que deriva de un mínimo de patriotismo que debería surgir en estas circunstancias.
Esto lo vemos en el caso argentino, en donde gran parte de la población considera ilegítima la defensa del país llevada a cabo por las Fuerzas Armadas ante el embate de tropas “socialistas” en la década de los setenta. Incluso existe cierta idolatría por el Che Guevara, líder de aquél movimiento que se proponía la universalidad socialista. Simplemente se sigue el “mandamiento ético” de Lenín: “Moral es lo que favorece el advenimiento del comunismo; inmoral lo contrario”, por lo cual “inmoral” es tratar de defenderse de ese advenimiento.
Esto también lo vemos en nuestros días cuando se reclama contra Colombia por haberse aliado militarmente con los EEUU. La actitud colombiana es “inmoral” porque el triunfo del socialismo es más importante que la libertad y la dignidad nacional. De igual forma, se considera que es “moral” el comportamiento de los guerrilleros de las FARC, y de otros grupos terroristas, ya que sólo cuentan los fines y no los medios utilizados en la lucha.
Hugo Chávez y sus aliados tienen el derecho y el deber de impulsar el socialismo en toda la América Latina, pero los países en cuestión no tienen ni siquiera el derecho a la defensa. La religión socialista parece hacer prevalecer sus sagrados principios, al menos para una gran parte de los pobladores del continente.
Los locos también matan
Por Carlos Alberto Montaner
Hugo Chávez construirá 20 bases militares en Bolivia. Las bases estarán situadas en las cinco fronteras que dispone el país: Chile, Perú, Paraguay, Argentina y Brasil. Esas instalaciones quedarán bajo el control de militares venezolanos y cubanos en complicidad con soldados bolivianos. Seguramente los cubanos tendrán pasaporte e identidad de Venezuela. No es tan fácil distinguirlos. Son parecidos hasta en las virtudes y defectos.
El costo de los nuevos armamentos venezolanos ascenderá a 30.000 millones de dólares. Venezuela se ha convertido en el primer comprador internacional de armas y equipos militares.
El plan recoge un viejo sueño y una antigua concepción estratégica de Fidel Castro y Che Guevara: convertir a Bolivia, situada en el corazón de América Latina, en el bastión subversivo de Sudamérica, Esa convicción le costó la vida al Che en 1967. Es un país desde el que se puede desestabilizar toda la región andina alentando los conflictos étnicos. Es un país, pronto con bases adecuadas, desde donde podrán operar los nuevos aviones de combate adquiridos por Chávez a Rusia. Supongo que los chilenos, primer blanco en la mirilla del militar venezolano dispuesto a “bañarse en el mar bolivariano”, habrán tomado nota del enorme peligro que a medio plazo se cierne sobre ellos.
Y Chávez, de acuerdo con Evo Morales, se propone seducir y reclutar a los bolivianos para su aventura revolucionaria mediante un gigantesco plan asistencialista que incluye tratamientos médicos, alfabetización y abundante comida. Está seguro de que esa ayuda masiva demolerá cualquier suspicacia nacionalista. Ya es una figura muy apreciada por las masas bolivianas y lo será más aún en el futuro. Bolivia es el país más pobre del continente.
Varios cientos de millones de dólares convenientemente repartidos, calcula Chávez, pueden lograr el milagro de desatar la adhesión entusiasta de los más necesitados y la complicidad de los grupos radicales, a la causa de la conquista redentora de América Latina para el socialismo del siglo XXI.
Lo que estamos contemplando es la consecuencia de una cierta visión delirante de la historia y de la realidad política planetaria. Hace meses, en diciembre pasado, lo explicó en Caracas el canciller cubano Felipe Pérez Roque y el mundo cometió la imbecilidad de no prestarle atención.
Fidel Castro y Hugo Chávez, que son dos personajes absolutamente mesiánicos, sin vestigios de prudencia ni sentido del límite, llegaron a la conclusión de que el marxismo había revivido tras la debacle que hace quince años puso fin a la URSS y a sus satélites europeos. De donde derivaban la sagrada misión que ambos asumían con la responsabilidad y el entusiasmo de los cruzados: Caracas y La Habana llevarían sobre sus hombros la tarea de redimir a la humanidad cobardemente abandonada por Moscú.
Ese es el espeluznante cuadro que tenemos ante nuestros ojos: Caracas, La Habana, y ahora La Paz, son el nuevo Moscú, madre y padre del socialismo mundial.
Y la tarea que se han asignado comienza por la conquista revolucionaria de Sudamérica y la instalación en todas estas naciones de gobiernos afines que colaboran en la batalla final contra “el Imperialismo”. ¿Cuál es esa batalla?. Obviamente, poner de rodillas a EEUU y a sus despreciables acólicos europeos.
Terminar para siempre con la explotación inicua del tercer mundo mediante la creación de una grandiosa civilización colectivista e igualitaria que reinará eternamente para la gloria de la humanidad.
Sería un inmenso error descartar este proyecto de conquista sólo porque se trata de la descabellada locura de unos personajes que no tomaron Prozac a tiempo. El Tercer Reich de los nazis no era menos loco o absurdo y le costó al planeta cuarenta millones de muertos y el monstruoso holocausto.
Cuba es una empobrecida isla del Tercer Mundo, hambreada y sin esperanzas, lo que no le impidió a su gobierno participar en exitosos golpes de Estado en Madagascar y en Yemen, o que sus tropas pelearan durante quince años en sangrientas guerras africanas, tanto en Angola como en Etiopía.
Chávez, con los petrodólares, el auxilio y la dirección de los cubanos, expertos y fogueados, está construyendo el mayor ejército de habla hispana. Un millón doscientos mil hombres que tendrán a su disposición la más destructiva fuerza aérea de toda Sudamérica.
Cuando este aparato esté engrasado no vacilará en utilizarlo, como sucedió con las fuerzas armadas cubanas. Una vez que el órgano esté disponible, inevitablemente se pondrá en funcionamiento. No importa que Chávez esté loco. Los locos también matan.
Esto lo vemos en el caso argentino, en donde gran parte de la población considera ilegítima la defensa del país llevada a cabo por las Fuerzas Armadas ante el embate de tropas “socialistas” en la década de los setenta. Incluso existe cierta idolatría por el Che Guevara, líder de aquél movimiento que se proponía la universalidad socialista. Simplemente se sigue el “mandamiento ético” de Lenín: “Moral es lo que favorece el advenimiento del comunismo; inmoral lo contrario”, por lo cual “inmoral” es tratar de defenderse de ese advenimiento.
Esto también lo vemos en nuestros días cuando se reclama contra Colombia por haberse aliado militarmente con los EEUU. La actitud colombiana es “inmoral” porque el triunfo del socialismo es más importante que la libertad y la dignidad nacional. De igual forma, se considera que es “moral” el comportamiento de los guerrilleros de las FARC, y de otros grupos terroristas, ya que sólo cuentan los fines y no los medios utilizados en la lucha.
Hugo Chávez y sus aliados tienen el derecho y el deber de impulsar el socialismo en toda la América Latina, pero los países en cuestión no tienen ni siquiera el derecho a la defensa. La religión socialista parece hacer prevalecer sus sagrados principios, al menos para una gran parte de los pobladores del continente.
Los locos también matan
Por Carlos Alberto Montaner
Hugo Chávez construirá 20 bases militares en Bolivia. Las bases estarán situadas en las cinco fronteras que dispone el país: Chile, Perú, Paraguay, Argentina y Brasil. Esas instalaciones quedarán bajo el control de militares venezolanos y cubanos en complicidad con soldados bolivianos. Seguramente los cubanos tendrán pasaporte e identidad de Venezuela. No es tan fácil distinguirlos. Son parecidos hasta en las virtudes y defectos.
El costo de los nuevos armamentos venezolanos ascenderá a 30.000 millones de dólares. Venezuela se ha convertido en el primer comprador internacional de armas y equipos militares.
El plan recoge un viejo sueño y una antigua concepción estratégica de Fidel Castro y Che Guevara: convertir a Bolivia, situada en el corazón de América Latina, en el bastión subversivo de Sudamérica, Esa convicción le costó la vida al Che en 1967. Es un país desde el que se puede desestabilizar toda la región andina alentando los conflictos étnicos. Es un país, pronto con bases adecuadas, desde donde podrán operar los nuevos aviones de combate adquiridos por Chávez a Rusia. Supongo que los chilenos, primer blanco en la mirilla del militar venezolano dispuesto a “bañarse en el mar bolivariano”, habrán tomado nota del enorme peligro que a medio plazo se cierne sobre ellos.
Y Chávez, de acuerdo con Evo Morales, se propone seducir y reclutar a los bolivianos para su aventura revolucionaria mediante un gigantesco plan asistencialista que incluye tratamientos médicos, alfabetización y abundante comida. Está seguro de que esa ayuda masiva demolerá cualquier suspicacia nacionalista. Ya es una figura muy apreciada por las masas bolivianas y lo será más aún en el futuro. Bolivia es el país más pobre del continente.
Varios cientos de millones de dólares convenientemente repartidos, calcula Chávez, pueden lograr el milagro de desatar la adhesión entusiasta de los más necesitados y la complicidad de los grupos radicales, a la causa de la conquista redentora de América Latina para el socialismo del siglo XXI.
Lo que estamos contemplando es la consecuencia de una cierta visión delirante de la historia y de la realidad política planetaria. Hace meses, en diciembre pasado, lo explicó en Caracas el canciller cubano Felipe Pérez Roque y el mundo cometió la imbecilidad de no prestarle atención.
Fidel Castro y Hugo Chávez, que son dos personajes absolutamente mesiánicos, sin vestigios de prudencia ni sentido del límite, llegaron a la conclusión de que el marxismo había revivido tras la debacle que hace quince años puso fin a la URSS y a sus satélites europeos. De donde derivaban la sagrada misión que ambos asumían con la responsabilidad y el entusiasmo de los cruzados: Caracas y La Habana llevarían sobre sus hombros la tarea de redimir a la humanidad cobardemente abandonada por Moscú.
Ese es el espeluznante cuadro que tenemos ante nuestros ojos: Caracas, La Habana, y ahora La Paz, son el nuevo Moscú, madre y padre del socialismo mundial.
Y la tarea que se han asignado comienza por la conquista revolucionaria de Sudamérica y la instalación en todas estas naciones de gobiernos afines que colaboran en la batalla final contra “el Imperialismo”. ¿Cuál es esa batalla?. Obviamente, poner de rodillas a EEUU y a sus despreciables acólicos europeos.
Terminar para siempre con la explotación inicua del tercer mundo mediante la creación de una grandiosa civilización colectivista e igualitaria que reinará eternamente para la gloria de la humanidad.
Sería un inmenso error descartar este proyecto de conquista sólo porque se trata de la descabellada locura de unos personajes que no tomaron Prozac a tiempo. El Tercer Reich de los nazis no era menos loco o absurdo y le costó al planeta cuarenta millones de muertos y el monstruoso holocausto.
Cuba es una empobrecida isla del Tercer Mundo, hambreada y sin esperanzas, lo que no le impidió a su gobierno participar en exitosos golpes de Estado en Madagascar y en Yemen, o que sus tropas pelearan durante quince años en sangrientas guerras africanas, tanto en Angola como en Etiopía.
Chávez, con los petrodólares, el auxilio y la dirección de los cubanos, expertos y fogueados, está construyendo el mayor ejército de habla hispana. Un millón doscientos mil hombres que tendrán a su disposición la más destructiva fuerza aérea de toda Sudamérica.
Cuando este aparato esté engrasado no vacilará en utilizarlo, como sucedió con las fuerzas armadas cubanas. Una vez que el órgano esté disponible, inevitablemente se pondrá en funcionamiento. No importa que Chávez esté loco. Los locos también matan.
sábado, 15 de agosto de 2009
En la lucha por la libertad
Por Alexander Solyenitzin
Todo el mundo es alfabeto, todos saben leer y, sin embargo, parecería que no quieren comprender. La humanidad se comporta como si no hubiera comprendido qué es el comunismo; no quiere comprender, no es capaz de comprender……
Creo que no se trata sólo del disimulo comunista de los últimos decenios. Se trata de lo siguiente: la esencia del comunismo se encuentra fuera de la comprensión humana. En realidad, resulta imposible creer que los hombres lo hayan programado y lo realicen así.
En mi anterior discurso hablé bastante acerca del sistema estatal soviético, cómo se formó y cómo es actualmente. Pero quizá es más importante hablar de la ideología que le dio base, lo creó y lo conduce. Mucho más importante es comprender la esencia de esta ideología y, lo que es más importante, su acción constante, que no se modificó, en absoluto, durante ciento veinticinco años. Quedó tal como nació.
Que el marxismo no es una ciencia, la gente culta de la Unión Soviética lo sabe claramente. Hasta resulta incómodo decir que el marxismo es una ciencia. Fuera de las ciencias exactas, las fisicomatemáticas y naturales, la sociología contemporánea si predice un acontecimiento cualquiera lo hace indicando dónde puede ocurrir, en qué términos, en qué forma, y cómo ha de ocurrir el hecho. El comunismo nunca hizo tales pronósticos.
Siempre fue una declamación. Declamación acerca de la derrota de la burguesía mundial por parte del proletariado mundial y, luego sobre la formación de una sociedad más radiante y dichosa, donde se realizaría la fantasía de Marx, Engels y Lenín. Ninguno de ellos hizo una descripción del tipo de sociedad que organizaría. Decían simplemente: la más luminosa, la más dichosa; todo será para el hombre…..
Respecto de la predicción de que bajo el socialismo, el Estado tendería a desaparecer, o que en cuanto el capitalismo fuera derrotado enseguida el Estado se atrofiaría, pueden verlo ustedes. ¿Dónde existen Estados tan poderosos como en los así llamados países comunistas?
El comunismo es un intento tan torpe de explicar la sociedad y el hombre, como si un cirujano se valiera del hacha del carnicero para una delicada operación. Todo lo que hay de delicado y agudo en la psicología individual y en la organización de la sociedad –un organismo todavía más complicado- lo reducen a un grosero proceso económico. Toda esta creación –“el hombre”- se reduce a materia.
Es propio del comunismo una carencia tal de argumentos que, en nuestros países, no tienen nada que contraponer a sus oponentes. No hay argumentos, y por eso los palos, la prisión, los campos de concentración, las clínicas psiquiátricas forzadas.
El marxismo siempre estuvo contra la libertad. Haré algunas citas: Marx a Engels: “Las reformas son un signo de debilidad”. “La democracia es más temible que la monarquía y la aristocracia”. “La libertad política es una falta de libertad; es peor que la peor esclavitud”. Ambos dicen, en su correspondencia, que después de la toma del poder el terror es necesario, sin duda alguna. Dicen repetidas veces: “Habrá que repetir 1793. Después que lleguemos al poder nos considerarán monstruos, lo que nos importa muy poco”.
El comunismo nunca ocultó su negación de los conceptos morales absolutos. Se mofa de las nociones de bien y mal como categorías absolutas. Considera la moralidad como un fenómeno relativo a la clase. Según las circunstancias y el ambiente político, cualquier acción, incluyendo el asesinato, y aún el asesinato de millares de seres humanos, puede ser mala como puede ser buena. Depende de la ideología de clase que lo alimente.
¿Y quién determina la ideología de clase? Toda la clase no puede reunirse para decidir lo que es bueno y lo que es malo. Pero debo decir que, en este sentido, el comunismo ha progresado. Logró contagiar a todo el mundo con esta noción del bien y del mal. Ahora no sólo los comunistas están convencidos de esto. En una sociedad progresista se considera inconveniente usar seriamente las palabras bien y mal. El comunismo supo inculcarnos a todos la idea de que tales nociones son anticuadas y ridículas.
Pero si nos quitan la noción de bien y mal, ¿qué nos queda? Nos quedan sólo las combinaciones vitales. Descendemos al mundo animal. Y por esto, la teoría y la práctica del comunismo son absolutamente inhumanas. Existe una palabra que tiene amplia divulgación: “anticomunismo”. Es una palabra mal compuesta y carece de sentido. Está compuesta de tal modo que parece ser que el comunismo fuera una cosa eterna, fundamental y básica. El anticomunismo y los anticomunistas se determina por relación al comunismo. ¿Por qué digo que esta palabra está mal construida? Por que la compusieron hombres que carecen de nociones etimológicas: la concepción eterna, la concepción permanente es la humanidad. Y el comunismo es la antihumanidad. Quien dice anticomunista dice contra lo antihumano. Una mala construcción. Hay que decirlo así: lo que está en contra del comunismo está a favor del hombre.
¡No reconocer y negar la ideología comunista del odio contra la humanidad es el verdadero humanismo! No se trata de una fórmula partidista sino de una protesta de nuestra alma contra quienes nos dicen: olviden las nociones del bien y el mal.
Aparte de todos sus libros ¿qué ejemplos ofreció el comunismo a la humanidad de hoy? Retumbaron los tanques en Budapest. No importa. Retumbaron los tanques en Checoslovaquia. No importa. A cualquier otro no se lo hubieran perdonado, pero al comunismo se le puede perdonar. Valiéndose de un monstruoso procedimiento, como si Dios quisiera castigarlo restándole toda razón, el comunismo levantó el muro de Berlín. ¡En realidad es un símbolo monstruoso! Muestra lo que es el comunismo. Durante catorce años consecutivos fusilan a los que intentan transponerlo para escapar de la dichosa sociedad comunista.
¿Convenció a alguien el muro de Berlín? De nuevo, no. De nuevo, lo ignoran. Sí, está allí, pero no nos alcanza. Nosotros no tendremos un muro así. En los países comunistas inventaron el tratamiento psiquiátrico forzado. No importa. Nosotros vivimos tranquilos. Allá, tres veces al día…..ahora mismo, efectúan la visita de la tarde, inyectan sustancias que arruinan el cerebro. No importa. Nosotros vivimos tranquilos.
Quiero recordarles, especialmente, que el comunismo se desarrolla como un tallo, como un tallo único sin modificaciones, como se está pretendiendo ahora. Sí, Lenín desarrollaba el marxismo y ocupaba el primer plano con su intolerancia ideológica. Al leer sus obras uno se asombra por el cúmulo de odio originado en mínimos desacuerdos, cuando las opiniones difieren por un pelo. Lenín desarrollaba el marxismo en la dirección de su odio hacia el género humano. Antes de la Revolución de Octubre, Lenín escribió las “Lecciones de la Comuna de París”. Analizaba por qué la Comuna fue derrotada en 1871. Y esta fue su principal deducción: fusiló muy poca gente. La Comuna no aniquiló suficiente cantidad de personas. Había que aniquilar clases enteras. Una vez llegado al poder demostró cómo se hacía.
Después inventaron la palabra “stalinismo”. Y tuvo gran aceptación. Y ahora, en Occidente, dicen frecuentemente: ojalá que la Unión Soviética no retorne al stalinismo. Pero nunca hubo tal stalinismo. Esta es una invención del grupo de Khruschev para adjudicarle a Stalin todos los rasgos distintivos y todas las culpas fundamentales del comunismo. Y tuvo mucho éxito. Sin embargo, Lenín tuvo tiempo sobrado de cumplir el tramo principal antes de Stalin. Fue él quien engañó a los campesinos con la tierra, quien engañó a los obreros con la autonomía administrativa, quien convirtió a los sindicatos en organismos de represión, quien creó la Checa, quien creó los campos de concentración, quien se valió de las tropas para aplastar, en todas las naciones limítrofes, los movimientos nacionales y, así, ensanchar el Imperio.
Lo que hizo Stalin, movido por su inseguridad, fue lo siguiente: allá donde era suficiente encarcelar a dos personas para amedrentar a los demás, encarcelaba a cien. La conducción que lo siguió, retornó a la táctica anterior. Allá donde es necesario encarcelar a dos personas, se encarcela a dos personas y no a cien. Stalin era culpable ante su propio partido, porque no confiaba en el propio partido comunista. Y sólo por esto inventaron el stalinismo. Stalin no se apartó de aquella misma línea en nada. Y cuando se erigió el bajorrelieve de Marx-Engels-Lenín-Stalin, pudieron agregar todavía a Mao Tse Tung, Kim Il SPNG y Ho Chi Minh. Todos ellos forman parte del tallo, el mismo y único tallo.
Ahora se acepta en Occidente la siguiente teoría en cuanto a China, allí, el comunismo es puro, existe el comunismo puritano, no degenerado. En China duró más tiempo la fase del comunismo de guerra o comunismo cuartelero, implantado por Lenín en Rusia, donde se mantuvo sólo hasta 1921. Lenín lo implantó, no por exigencias militares. Lo implantó porque así pensaban, así se representaban la nueva sociedad. Pero cuando bajo la presión de la situación económica hubo que retroceder, introdujeron la NEP. Y retrocedieron. Pero en China, esta fase se mantuvo más tiempo. Los rasgos característicos de China, hoy, derivan del trabajo forzado de masas, sin una remuneración adecuada a su valor, con trabajos adicionales los días feriados en grupos comunales y el adoctrinamiento a fuerza de lemas que anulan al ser humano. El hombre, así, deja de ser un individuo.
Cualquiera que haya visto alguna vez aunque sea un pequeño fragmento del marxismo, sabe que la sociedad sin clases implica que no habrá partidos. Quiere decir que el mismo día se dijo que habrá un sistema multipartidario y que se estrangulará a todos los partidos. Y esto último no se escucha, pero se escucha lo primero. Y todos repiten: habrá un sistema multipartidario……Estos son los procedimientos comunistas.
La ideología que ellos defienden propone aniquilar vuestro régimen. Es su finalidad desde hace ciento veinticinco años. Nunca ha cambiado. Sólo los métodos han cambiado un poquito.¡Y cuando se lleva a cabo el aflojamiento de la tensión, la convivencia pacífica y el comercio, insisten en que la guerra ideológica debe continuar! ¿Y qué es la guerra ideológica? Un cúmulo de odio, la repetición del juramento: el mundo occidental debe ser aniquilado.
Como otrora en el Senado de Roma un famoso senador terminaba sus alocuciones con la sentencia: “Cartago debe ser destruida”, también hoy, en cada acto de comercio o de relajamiento de la tensión, la prensa comunista, las instrucciones reservadas y miles de conferenciantes repiten: ¡El capitalismo debe ser aniquilado!
(Fragmentos de “En la lucha por la libertad” de Alexander Solyenitzin – EMECE Editores SA – Buenos Aires 1976)
Todo el mundo es alfabeto, todos saben leer y, sin embargo, parecería que no quieren comprender. La humanidad se comporta como si no hubiera comprendido qué es el comunismo; no quiere comprender, no es capaz de comprender……
Creo que no se trata sólo del disimulo comunista de los últimos decenios. Se trata de lo siguiente: la esencia del comunismo se encuentra fuera de la comprensión humana. En realidad, resulta imposible creer que los hombres lo hayan programado y lo realicen así.
En mi anterior discurso hablé bastante acerca del sistema estatal soviético, cómo se formó y cómo es actualmente. Pero quizá es más importante hablar de la ideología que le dio base, lo creó y lo conduce. Mucho más importante es comprender la esencia de esta ideología y, lo que es más importante, su acción constante, que no se modificó, en absoluto, durante ciento veinticinco años. Quedó tal como nació.
Que el marxismo no es una ciencia, la gente culta de la Unión Soviética lo sabe claramente. Hasta resulta incómodo decir que el marxismo es una ciencia. Fuera de las ciencias exactas, las fisicomatemáticas y naturales, la sociología contemporánea si predice un acontecimiento cualquiera lo hace indicando dónde puede ocurrir, en qué términos, en qué forma, y cómo ha de ocurrir el hecho. El comunismo nunca hizo tales pronósticos.
Siempre fue una declamación. Declamación acerca de la derrota de la burguesía mundial por parte del proletariado mundial y, luego sobre la formación de una sociedad más radiante y dichosa, donde se realizaría la fantasía de Marx, Engels y Lenín. Ninguno de ellos hizo una descripción del tipo de sociedad que organizaría. Decían simplemente: la más luminosa, la más dichosa; todo será para el hombre…..
Respecto de la predicción de que bajo el socialismo, el Estado tendería a desaparecer, o que en cuanto el capitalismo fuera derrotado enseguida el Estado se atrofiaría, pueden verlo ustedes. ¿Dónde existen Estados tan poderosos como en los así llamados países comunistas?
El comunismo es un intento tan torpe de explicar la sociedad y el hombre, como si un cirujano se valiera del hacha del carnicero para una delicada operación. Todo lo que hay de delicado y agudo en la psicología individual y en la organización de la sociedad –un organismo todavía más complicado- lo reducen a un grosero proceso económico. Toda esta creación –“el hombre”- se reduce a materia.
Es propio del comunismo una carencia tal de argumentos que, en nuestros países, no tienen nada que contraponer a sus oponentes. No hay argumentos, y por eso los palos, la prisión, los campos de concentración, las clínicas psiquiátricas forzadas.
El marxismo siempre estuvo contra la libertad. Haré algunas citas: Marx a Engels: “Las reformas son un signo de debilidad”. “La democracia es más temible que la monarquía y la aristocracia”. “La libertad política es una falta de libertad; es peor que la peor esclavitud”. Ambos dicen, en su correspondencia, que después de la toma del poder el terror es necesario, sin duda alguna. Dicen repetidas veces: “Habrá que repetir 1793. Después que lleguemos al poder nos considerarán monstruos, lo que nos importa muy poco”.
El comunismo nunca ocultó su negación de los conceptos morales absolutos. Se mofa de las nociones de bien y mal como categorías absolutas. Considera la moralidad como un fenómeno relativo a la clase. Según las circunstancias y el ambiente político, cualquier acción, incluyendo el asesinato, y aún el asesinato de millares de seres humanos, puede ser mala como puede ser buena. Depende de la ideología de clase que lo alimente.
¿Y quién determina la ideología de clase? Toda la clase no puede reunirse para decidir lo que es bueno y lo que es malo. Pero debo decir que, en este sentido, el comunismo ha progresado. Logró contagiar a todo el mundo con esta noción del bien y del mal. Ahora no sólo los comunistas están convencidos de esto. En una sociedad progresista se considera inconveniente usar seriamente las palabras bien y mal. El comunismo supo inculcarnos a todos la idea de que tales nociones son anticuadas y ridículas.
Pero si nos quitan la noción de bien y mal, ¿qué nos queda? Nos quedan sólo las combinaciones vitales. Descendemos al mundo animal. Y por esto, la teoría y la práctica del comunismo son absolutamente inhumanas. Existe una palabra que tiene amplia divulgación: “anticomunismo”. Es una palabra mal compuesta y carece de sentido. Está compuesta de tal modo que parece ser que el comunismo fuera una cosa eterna, fundamental y básica. El anticomunismo y los anticomunistas se determina por relación al comunismo. ¿Por qué digo que esta palabra está mal construida? Por que la compusieron hombres que carecen de nociones etimológicas: la concepción eterna, la concepción permanente es la humanidad. Y el comunismo es la antihumanidad. Quien dice anticomunista dice contra lo antihumano. Una mala construcción. Hay que decirlo así: lo que está en contra del comunismo está a favor del hombre.
¡No reconocer y negar la ideología comunista del odio contra la humanidad es el verdadero humanismo! No se trata de una fórmula partidista sino de una protesta de nuestra alma contra quienes nos dicen: olviden las nociones del bien y el mal.
Aparte de todos sus libros ¿qué ejemplos ofreció el comunismo a la humanidad de hoy? Retumbaron los tanques en Budapest. No importa. Retumbaron los tanques en Checoslovaquia. No importa. A cualquier otro no se lo hubieran perdonado, pero al comunismo se le puede perdonar. Valiéndose de un monstruoso procedimiento, como si Dios quisiera castigarlo restándole toda razón, el comunismo levantó el muro de Berlín. ¡En realidad es un símbolo monstruoso! Muestra lo que es el comunismo. Durante catorce años consecutivos fusilan a los que intentan transponerlo para escapar de la dichosa sociedad comunista.
¿Convenció a alguien el muro de Berlín? De nuevo, no. De nuevo, lo ignoran. Sí, está allí, pero no nos alcanza. Nosotros no tendremos un muro así. En los países comunistas inventaron el tratamiento psiquiátrico forzado. No importa. Nosotros vivimos tranquilos. Allá, tres veces al día…..ahora mismo, efectúan la visita de la tarde, inyectan sustancias que arruinan el cerebro. No importa. Nosotros vivimos tranquilos.
Quiero recordarles, especialmente, que el comunismo se desarrolla como un tallo, como un tallo único sin modificaciones, como se está pretendiendo ahora. Sí, Lenín desarrollaba el marxismo y ocupaba el primer plano con su intolerancia ideológica. Al leer sus obras uno se asombra por el cúmulo de odio originado en mínimos desacuerdos, cuando las opiniones difieren por un pelo. Lenín desarrollaba el marxismo en la dirección de su odio hacia el género humano. Antes de la Revolución de Octubre, Lenín escribió las “Lecciones de la Comuna de París”. Analizaba por qué la Comuna fue derrotada en 1871. Y esta fue su principal deducción: fusiló muy poca gente. La Comuna no aniquiló suficiente cantidad de personas. Había que aniquilar clases enteras. Una vez llegado al poder demostró cómo se hacía.
Después inventaron la palabra “stalinismo”. Y tuvo gran aceptación. Y ahora, en Occidente, dicen frecuentemente: ojalá que la Unión Soviética no retorne al stalinismo. Pero nunca hubo tal stalinismo. Esta es una invención del grupo de Khruschev para adjudicarle a Stalin todos los rasgos distintivos y todas las culpas fundamentales del comunismo. Y tuvo mucho éxito. Sin embargo, Lenín tuvo tiempo sobrado de cumplir el tramo principal antes de Stalin. Fue él quien engañó a los campesinos con la tierra, quien engañó a los obreros con la autonomía administrativa, quien convirtió a los sindicatos en organismos de represión, quien creó la Checa, quien creó los campos de concentración, quien se valió de las tropas para aplastar, en todas las naciones limítrofes, los movimientos nacionales y, así, ensanchar el Imperio.
Lo que hizo Stalin, movido por su inseguridad, fue lo siguiente: allá donde era suficiente encarcelar a dos personas para amedrentar a los demás, encarcelaba a cien. La conducción que lo siguió, retornó a la táctica anterior. Allá donde es necesario encarcelar a dos personas, se encarcela a dos personas y no a cien. Stalin era culpable ante su propio partido, porque no confiaba en el propio partido comunista. Y sólo por esto inventaron el stalinismo. Stalin no se apartó de aquella misma línea en nada. Y cuando se erigió el bajorrelieve de Marx-Engels-Lenín-Stalin, pudieron agregar todavía a Mao Tse Tung, Kim Il SPNG y Ho Chi Minh. Todos ellos forman parte del tallo, el mismo y único tallo.
Ahora se acepta en Occidente la siguiente teoría en cuanto a China, allí, el comunismo es puro, existe el comunismo puritano, no degenerado. En China duró más tiempo la fase del comunismo de guerra o comunismo cuartelero, implantado por Lenín en Rusia, donde se mantuvo sólo hasta 1921. Lenín lo implantó, no por exigencias militares. Lo implantó porque así pensaban, así se representaban la nueva sociedad. Pero cuando bajo la presión de la situación económica hubo que retroceder, introdujeron la NEP. Y retrocedieron. Pero en China, esta fase se mantuvo más tiempo. Los rasgos característicos de China, hoy, derivan del trabajo forzado de masas, sin una remuneración adecuada a su valor, con trabajos adicionales los días feriados en grupos comunales y el adoctrinamiento a fuerza de lemas que anulan al ser humano. El hombre, así, deja de ser un individuo.
Cualquiera que haya visto alguna vez aunque sea un pequeño fragmento del marxismo, sabe que la sociedad sin clases implica que no habrá partidos. Quiere decir que el mismo día se dijo que habrá un sistema multipartidario y que se estrangulará a todos los partidos. Y esto último no se escucha, pero se escucha lo primero. Y todos repiten: habrá un sistema multipartidario……Estos son los procedimientos comunistas.
La ideología que ellos defienden propone aniquilar vuestro régimen. Es su finalidad desde hace ciento veinticinco años. Nunca ha cambiado. Sólo los métodos han cambiado un poquito.¡Y cuando se lleva a cabo el aflojamiento de la tensión, la convivencia pacífica y el comercio, insisten en que la guerra ideológica debe continuar! ¿Y qué es la guerra ideológica? Un cúmulo de odio, la repetición del juramento: el mundo occidental debe ser aniquilado.
Como otrora en el Senado de Roma un famoso senador terminaba sus alocuciones con la sentencia: “Cartago debe ser destruida”, también hoy, en cada acto de comercio o de relajamiento de la tensión, la prensa comunista, las instrucciones reservadas y miles de conferenciantes repiten: ¡El capitalismo debe ser aniquilado!
(Fragmentos de “En la lucha por la libertad” de Alexander Solyenitzin – EMECE Editores SA – Buenos Aires 1976)
¿Qué es el socialismo?
El socialismo es, ante todo, un conjunto de ideas que conduce a una sociedad ideal. En tal sociedad, se supone, todo funcionará armónicamente. Dejarán de existir los conflictos entre los distintos seres humanos debido a la óptima planificación de los recursos y la producción.
Para llevar a cabo esa sociedad ideal, se parte de la creencia de que “no existe la naturaleza humana intrínsecamente”, en la expresión de Adolfo Zerboglio, es decir, se supone que es el sistema de producción el que determina los pensamientos y acciones humanas, y no a la inversa. De ahí que sería cuestión de buscar el mejor sistema de producción y los seres humanos se adaptarán al mismo en cierto lapso de tiempo. Esta vez no deberíamos adaptarnos a la voluntad de Dios, o al orden natural, sino a la planificación social hecha por un hombre.
Es por ello que la libertad no es considerada como algo esencial para el socialista, por cuanto se considera que la libertad es un valor dentro de la sociedad capitalista, y que no ha de ser esencial en la sociedad comunista.
El socialismo presenta dos fases que es necesario tener presentes. Una es la etapa de transición desde el capitalismo al socialismo, en la que se hacen severas críticas al primero sin tratar de mejorarlo, sino que se busca reemplazarlo a través de la revolución, que puede adquirir características violentas. La segunda fase comienza con la “dictadura del proletariado” y sigue con la consolidación de la sociedad planificada y la adaptación mencionada.
Mientras que, para el pensamiento liberal, es prioritario el individuo antes que la sociedad, para el socialista es prioritaria la sociedad antes que el individuo, de ahí que, para él, la vida individual tiene poco valor, y menos aún la tendrá la de los opositores.
En cierta forma suponen constituir una especie de “clase elegida” o “pueblo elegido”, por cuanto atribuyen al capitalismo estatal (socialismo), y a la dictadura del proletariado, características de pleno humanismo, mientras que observan a los empresarios, comerciantes y profesionales (la burguesía) como personas carentes de aquellos atributos.
Describen la sociedad capitalista en una forma negativa, que no admite mejoras, sino que proponen su total derrumbamiento. Sostienen que existe una lucha entre opresores y oprimidos, que culmina con la explotación de estos últimos. Por el contrario, pueden verse en sociedades reales muchos “burgueses” que no presentan tales características, mientras que la competencia se da entre distintos empresarios, siendo los empleados y accionistas aliados de aquél para quien trabajan o en cuya empresa invierten su capital.
Así como muchos alemanes, luego de haber escuchado una, diez, mil, un millón de veces, que la culpa de todos sus males, y de Alemania, la tenían los judíos, lo que provocó el holocausto, los marxistas repiten una, diez, mil, un millón de veces, que la culpa de todos los males la tienen los burgueses explotadores, lo que también llevó al mayor genocidio del cual se tenga noticias (especialmente en la ex URSS y China).
Ante esa prédica, no es extraño que la “dictadura del proletariado” sea ejercida por gente llena de odio contra la clase burguesa (en general, la gente decente) y cuyas acciones estén motivadas por cierta necesidad de venganza.
Al promover la expropiación y estatización de los medios de producción, se concentra el poder económico en un partido, o en una persona, situación altamente riesgosa para los opositores, que son considerados “enemigos”.
En la sociedad ideal, existe igualdad de derechos, pero no de obligaciones, ya que se adopta aquella expresión de Marx: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”. De ahí que los más capaces para trabajar deban hacer mayores aportes que los menos capaces, pero todos recibirán beneficios en forma igualitaria. Parece ser, sin embargo, que a pesar de los muchos años de comunismo en varios países, la población simplemente optó por trabajar al menor ritmo posible.
Mientras que el empresario, en una sociedad libre, debe innovar y aumentar la productividad, para no verse desplazado del mercado, el empresario, en el socialismo, no tiene esas necesidades, ya que sólo debe adaptarse a lo que viene planificado por los políticos a cargo de la planificación central. De ahí las grandes diferencias entre calidades en productos destinados a una misma utilidad.
En la sociedad libre han de ser los aspectos afectivos, es decir, netamente humanos, los vínculos de unión entre los hombres, mientras que en el socialismo han de serlo los medios de producción y el trabajo. En lugar de proponer una gran familia, el socialista propone una gran sociedad anónima.
Como los marxistas se consideran un sector “iluminado”, poseedor de la “verdad”, están deseosos de “liberar” a otros pueblos de la opresión capitalista, de ahí que en ellos surgen ambiciones imperialistas, especialmente cuando poseen cierto nivel de armamento.
No es fácil convencer a quienes siempre tienen en la mente una sociedad ideal, planificada, el socialismo, al cual se le opone una sociedad real e imperfecta. De todas formas, para ejemplificar las ventajas de la propiedad privada respecto a la propiedad estatal, considérese el caso de los elefantes y las jirafas, que no son de nadie (o son del Estado) estando en vías de extinción, mientras que los animales domésticos y el ganado, crecen en número por cuanto tienen dueños que los cuidan adecuadamente.
La muralla de Berlín, y otros aspectos carcelarios, no presentan inconvenientes a quienes aspiran a ocupar los puestos altos en la sociedad comunista que promueven. También es vista con agrado por quienes tienen muy pocas aspiraciones y que, en una sociedad igualitaria, se verán liberados de tener que envidiar a aquéllos que tienen proyectos, ambiciones y capacidad suficiente para hacerlos realidad.
El físico Andrei Sajarov, respecto de la sociedad soviética, expresó: “Atrincherada en su bienestar la minoría satisfecha…..”, haciendo referencia a la etapa en la que siempre queda estancada la utopía socialista, es decir, en la dictadura del proletariado y en el capitalismo estatal. Podemos decir que el mayor enemigo de esta utopía es la propia naturaleza humana.
Para llevar a cabo esa sociedad ideal, se parte de la creencia de que “no existe la naturaleza humana intrínsecamente”, en la expresión de Adolfo Zerboglio, es decir, se supone que es el sistema de producción el que determina los pensamientos y acciones humanas, y no a la inversa. De ahí que sería cuestión de buscar el mejor sistema de producción y los seres humanos se adaptarán al mismo en cierto lapso de tiempo. Esta vez no deberíamos adaptarnos a la voluntad de Dios, o al orden natural, sino a la planificación social hecha por un hombre.
Es por ello que la libertad no es considerada como algo esencial para el socialista, por cuanto se considera que la libertad es un valor dentro de la sociedad capitalista, y que no ha de ser esencial en la sociedad comunista.
El socialismo presenta dos fases que es necesario tener presentes. Una es la etapa de transición desde el capitalismo al socialismo, en la que se hacen severas críticas al primero sin tratar de mejorarlo, sino que se busca reemplazarlo a través de la revolución, que puede adquirir características violentas. La segunda fase comienza con la “dictadura del proletariado” y sigue con la consolidación de la sociedad planificada y la adaptación mencionada.
Mientras que, para el pensamiento liberal, es prioritario el individuo antes que la sociedad, para el socialista es prioritaria la sociedad antes que el individuo, de ahí que, para él, la vida individual tiene poco valor, y menos aún la tendrá la de los opositores.
En cierta forma suponen constituir una especie de “clase elegida” o “pueblo elegido”, por cuanto atribuyen al capitalismo estatal (socialismo), y a la dictadura del proletariado, características de pleno humanismo, mientras que observan a los empresarios, comerciantes y profesionales (la burguesía) como personas carentes de aquellos atributos.
Describen la sociedad capitalista en una forma negativa, que no admite mejoras, sino que proponen su total derrumbamiento. Sostienen que existe una lucha entre opresores y oprimidos, que culmina con la explotación de estos últimos. Por el contrario, pueden verse en sociedades reales muchos “burgueses” que no presentan tales características, mientras que la competencia se da entre distintos empresarios, siendo los empleados y accionistas aliados de aquél para quien trabajan o en cuya empresa invierten su capital.
Así como muchos alemanes, luego de haber escuchado una, diez, mil, un millón de veces, que la culpa de todos sus males, y de Alemania, la tenían los judíos, lo que provocó el holocausto, los marxistas repiten una, diez, mil, un millón de veces, que la culpa de todos los males la tienen los burgueses explotadores, lo que también llevó al mayor genocidio del cual se tenga noticias (especialmente en la ex URSS y China).
Ante esa prédica, no es extraño que la “dictadura del proletariado” sea ejercida por gente llena de odio contra la clase burguesa (en general, la gente decente) y cuyas acciones estén motivadas por cierta necesidad de venganza.
Al promover la expropiación y estatización de los medios de producción, se concentra el poder económico en un partido, o en una persona, situación altamente riesgosa para los opositores, que son considerados “enemigos”.
En la sociedad ideal, existe igualdad de derechos, pero no de obligaciones, ya que se adopta aquella expresión de Marx: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”. De ahí que los más capaces para trabajar deban hacer mayores aportes que los menos capaces, pero todos recibirán beneficios en forma igualitaria. Parece ser, sin embargo, que a pesar de los muchos años de comunismo en varios países, la población simplemente optó por trabajar al menor ritmo posible.
Mientras que el empresario, en una sociedad libre, debe innovar y aumentar la productividad, para no verse desplazado del mercado, el empresario, en el socialismo, no tiene esas necesidades, ya que sólo debe adaptarse a lo que viene planificado por los políticos a cargo de la planificación central. De ahí las grandes diferencias entre calidades en productos destinados a una misma utilidad.
En la sociedad libre han de ser los aspectos afectivos, es decir, netamente humanos, los vínculos de unión entre los hombres, mientras que en el socialismo han de serlo los medios de producción y el trabajo. En lugar de proponer una gran familia, el socialista propone una gran sociedad anónima.
Como los marxistas se consideran un sector “iluminado”, poseedor de la “verdad”, están deseosos de “liberar” a otros pueblos de la opresión capitalista, de ahí que en ellos surgen ambiciones imperialistas, especialmente cuando poseen cierto nivel de armamento.
No es fácil convencer a quienes siempre tienen en la mente una sociedad ideal, planificada, el socialismo, al cual se le opone una sociedad real e imperfecta. De todas formas, para ejemplificar las ventajas de la propiedad privada respecto a la propiedad estatal, considérese el caso de los elefantes y las jirafas, que no son de nadie (o son del Estado) estando en vías de extinción, mientras que los animales domésticos y el ganado, crecen en número por cuanto tienen dueños que los cuidan adecuadamente.
La muralla de Berlín, y otros aspectos carcelarios, no presentan inconvenientes a quienes aspiran a ocupar los puestos altos en la sociedad comunista que promueven. También es vista con agrado por quienes tienen muy pocas aspiraciones y que, en una sociedad igualitaria, se verán liberados de tener que envidiar a aquéllos que tienen proyectos, ambiciones y capacidad suficiente para hacerlos realidad.
El físico Andrei Sajarov, respecto de la sociedad soviética, expresó: “Atrincherada en su bienestar la minoría satisfecha…..”, haciendo referencia a la etapa en la que siempre queda estancada la utopía socialista, es decir, en la dictadura del proletariado y en el capitalismo estatal. Podemos decir que el mayor enemigo de esta utopía es la propia naturaleza humana.
domingo, 26 de julio de 2009
Cien millones de muertos
Es necesario e imprescindible conocer una parte importante de la historia y de la actualidad del mundo, aunque sea información considerada “políticamente incorrecta” por gran parte de la sociedad. Se supone, en forma optimista, que la verdad siempre ha de ser útil si es que se busca solucionar los serios conflictos que afronta la humanidad.
CIEN MILLONES DE MUERTOS
Por Carlos Alberto Montaner
Es la manera perfecta de conmemorar la publicación del Manifiesto Comunista. En 1848, hace más de ciento cincuenta años, cuando Europa se estremecía en medio de una revolución que sacudió todas las estructuras políticas, Marx dio a conocer un breve ensayo y vaticinó que un día, para él no muy lejano, los proletarios del mundo, unidos, crearían sobre la Tierra el paraíso comunista. Marx, qué duda cabe, ardía en deseos de justicia y estaba persuadido de que había dado con el modo definitivo de implantar la felicidad y la prosperidad entre los hombres.
Siglo y medio más tarde, apareció en las librerías de lengua española un excelente balance de lo que fue ese sueño comunista. Se titula El libro negro del comunismo, y en un tomazo de ochocientas sesenta y cinco páginas legibles y muy bien organizadas, publicado por Planeta-Espasa, la historia de esta utopía se resume en una cifra pavorosa: cien millones de muertos. Una carnicería mayor que la suma de todas las guerras registradas por los historiadores desde el brumoso episodio de la Ilíada hasta las últimas barbaridades balcánicas.
Los realizadores de este inventario de horrores son respetadísimos miembros de la comunidad universitaria francesa, y los encabeza Stéphane Courtois, el editor de la revista Communisme, una de las mayores autoridades del mundo en esta triste materia.
Lo que el libro relata es predecible: purgas, las ejecuciones en masa, las deportaciones genocidas de pueblos enteros, la muerte de decena de millones de personas que intentan escapar de la sinrazón y el terror, los campos de concentración, los absurdos modos de organizar la producción de alimentos, generadores de hambrunas que debilitaron hasta la muerte a millones de seres indefensos, o la paranoia asesina de una clase dirigente que devoraba a sus propios hijos.
Pero lo más espeluznante no es este catálogo de crímenes, sino el hecho tremendo de que ocurriera en todas las latitudes de manera parecida, aunque a diferentes escalas. La barbarie no era imputable a la supuesta crueldad rusa –como Gorki sospechaba-, ni a la atribuida imparcialidad asiática ante el dolor ajeno, como reza el viejo prejuicio, pues los checos, cultos y de sangre fría, los católicos polacos, los etíopes, perdidos en una vieja tradición de tranquila miseria, los laosianos religiosos y contemplativos, aferrados a una estricta moral familiar, los afganos musulmanes, o los cubanos y nicaragüenses, divertidos, dicharacheros, de trato dulce, amistosos, todos, sin excepción, todos, cuando ejercieron el poder aferrados a los dogmas y procedimientos comunistas, se comportaron de la misma manera despótica y cruel con sus semejantes. Para todos, y en todas las culturas, las etnias y los continentes, la vida de sus semejantes dejó de tener valor ante los esquemas abstractos que les proponía una construcción artificial sobre la supuesta fórmula ideal de estructurar la convivencia.
De esta observación se derivan dos conclusiones que sería una peligrosa locura olvidar. La primera es que el riesgo proviene de la formulación de la utopía misma. Hay que echarse a temblar cuando aparece un profeta que cree saber cómo les conviene vivir a los seres humanos; alguien que es capaz de diagnosticar sin un asomo de duda los males que nos afligen, y que dice conocer tanto la dirección “correcta” de la historia como los pasos que hay que dar para modificar la esencia de las personas, de manera que se comporten con arreglo a la decencia, la solidaridad y el aprecio por el bien común. Hay que huir como de la peste de los constructores de “hombres nuevos”, de los planificadores de “paraísos”, pues esos experimentos sociales de los “ingenieros políticos” terminan invariablemente en los paredones y los cementerios.
La segunda conclusión es una advertencia pesimista. No es prudente creer en la bondad intrínseca de las personas. Esa virtuosa criatura que tiembla de emoción ante el dolor ajeno, que se quita el pan de la boca para ayudar a un menesteroso, que a veces se juega la vida para combatir una injusticia previa, una vez metida dentro del engranaje totalitario y dotada de autoridad y de una causa sagrada, le da un tiro en la nuca a una huérfana ciega, o justifica que otro se lo dé, si cree que con ese acto contribuye a la salvación de sus ideales. ¿O es que alguien cree que Mao, Tito, Stalin, Castro, Daniel Ortega o Menjistu (y lo mismo puede decirse de Hitler o de Mussolini) eran unos asesinos depravados que disfrutaban con el daño que les infligían a sus compatriotas? Por supuesto que no: eran –o son, los que están vivos- los prisioneros de una ideología que ha trastocado el orden natural de sus valores. Para ellos los seres humanos no valen nada. Lo que vale es la Historia, así con mayúscula.
La publicación de este libro ha abierto de nuevo el debate en Europa. Para cierta izquierda encallecida, todavía es válido el obsceno dictum de Sastre: “Todo anticomunista es un perro”. Yo no lo creo. Ser anticomunista, como ser antinazi, es una expresión de la sensibilidad y de la inteligencia. Por el contrario, declararse, como tanta gente, “no ser antinada” es volverse cómplice de los criminales.
Ser anticomunista es la muestra de que somos capaces de aprender de la experiencia para no repetir errores pasados. Más aún, de la misma manera que los judíos, con una inmensa sabiduría, han creado sus dramáticos Museos del Holocausto, para tratar de impedir que se repitan los pogromos y matanzas del pasado, lo razonable es instalar en cada ciudad Museos del Totalitarismo, con dos alas bien iluminadas; una dedicada al comunismo, y la otra a las diversas expresiones del nazi-fascismo. Y allí habría que llevar a los escolares para darles clases muy bien documentadas sobre lo que ocurre en las sociedades cuando los hombres deciden que son portadores de la fórmula definitiva para lograr la felicidad. Por ahora esos hombres, en menos de un siglo, han dejado un reguero de cien millones de cadáveres.
(Extraído de “Las columnas de la libertad” de Carlos Alberto Montaner – Editorial Edhasa – Buenos Aires 2007)
CIEN MILLONES DE MUERTOS
Por Carlos Alberto Montaner
Es la manera perfecta de conmemorar la publicación del Manifiesto Comunista. En 1848, hace más de ciento cincuenta años, cuando Europa se estremecía en medio de una revolución que sacudió todas las estructuras políticas, Marx dio a conocer un breve ensayo y vaticinó que un día, para él no muy lejano, los proletarios del mundo, unidos, crearían sobre la Tierra el paraíso comunista. Marx, qué duda cabe, ardía en deseos de justicia y estaba persuadido de que había dado con el modo definitivo de implantar la felicidad y la prosperidad entre los hombres.
Siglo y medio más tarde, apareció en las librerías de lengua española un excelente balance de lo que fue ese sueño comunista. Se titula El libro negro del comunismo, y en un tomazo de ochocientas sesenta y cinco páginas legibles y muy bien organizadas, publicado por Planeta-Espasa, la historia de esta utopía se resume en una cifra pavorosa: cien millones de muertos. Una carnicería mayor que la suma de todas las guerras registradas por los historiadores desde el brumoso episodio de la Ilíada hasta las últimas barbaridades balcánicas.
Los realizadores de este inventario de horrores son respetadísimos miembros de la comunidad universitaria francesa, y los encabeza Stéphane Courtois, el editor de la revista Communisme, una de las mayores autoridades del mundo en esta triste materia.
Lo que el libro relata es predecible: purgas, las ejecuciones en masa, las deportaciones genocidas de pueblos enteros, la muerte de decena de millones de personas que intentan escapar de la sinrazón y el terror, los campos de concentración, los absurdos modos de organizar la producción de alimentos, generadores de hambrunas que debilitaron hasta la muerte a millones de seres indefensos, o la paranoia asesina de una clase dirigente que devoraba a sus propios hijos.
Pero lo más espeluznante no es este catálogo de crímenes, sino el hecho tremendo de que ocurriera en todas las latitudes de manera parecida, aunque a diferentes escalas. La barbarie no era imputable a la supuesta crueldad rusa –como Gorki sospechaba-, ni a la atribuida imparcialidad asiática ante el dolor ajeno, como reza el viejo prejuicio, pues los checos, cultos y de sangre fría, los católicos polacos, los etíopes, perdidos en una vieja tradición de tranquila miseria, los laosianos religiosos y contemplativos, aferrados a una estricta moral familiar, los afganos musulmanes, o los cubanos y nicaragüenses, divertidos, dicharacheros, de trato dulce, amistosos, todos, sin excepción, todos, cuando ejercieron el poder aferrados a los dogmas y procedimientos comunistas, se comportaron de la misma manera despótica y cruel con sus semejantes. Para todos, y en todas las culturas, las etnias y los continentes, la vida de sus semejantes dejó de tener valor ante los esquemas abstractos que les proponía una construcción artificial sobre la supuesta fórmula ideal de estructurar la convivencia.
De esta observación se derivan dos conclusiones que sería una peligrosa locura olvidar. La primera es que el riesgo proviene de la formulación de la utopía misma. Hay que echarse a temblar cuando aparece un profeta que cree saber cómo les conviene vivir a los seres humanos; alguien que es capaz de diagnosticar sin un asomo de duda los males que nos afligen, y que dice conocer tanto la dirección “correcta” de la historia como los pasos que hay que dar para modificar la esencia de las personas, de manera que se comporten con arreglo a la decencia, la solidaridad y el aprecio por el bien común. Hay que huir como de la peste de los constructores de “hombres nuevos”, de los planificadores de “paraísos”, pues esos experimentos sociales de los “ingenieros políticos” terminan invariablemente en los paredones y los cementerios.
La segunda conclusión es una advertencia pesimista. No es prudente creer en la bondad intrínseca de las personas. Esa virtuosa criatura que tiembla de emoción ante el dolor ajeno, que se quita el pan de la boca para ayudar a un menesteroso, que a veces se juega la vida para combatir una injusticia previa, una vez metida dentro del engranaje totalitario y dotada de autoridad y de una causa sagrada, le da un tiro en la nuca a una huérfana ciega, o justifica que otro se lo dé, si cree que con ese acto contribuye a la salvación de sus ideales. ¿O es que alguien cree que Mao, Tito, Stalin, Castro, Daniel Ortega o Menjistu (y lo mismo puede decirse de Hitler o de Mussolini) eran unos asesinos depravados que disfrutaban con el daño que les infligían a sus compatriotas? Por supuesto que no: eran –o son, los que están vivos- los prisioneros de una ideología que ha trastocado el orden natural de sus valores. Para ellos los seres humanos no valen nada. Lo que vale es la Historia, así con mayúscula.
La publicación de este libro ha abierto de nuevo el debate en Europa. Para cierta izquierda encallecida, todavía es válido el obsceno dictum de Sastre: “Todo anticomunista es un perro”. Yo no lo creo. Ser anticomunista, como ser antinazi, es una expresión de la sensibilidad y de la inteligencia. Por el contrario, declararse, como tanta gente, “no ser antinada” es volverse cómplice de los criminales.
Ser anticomunista es la muestra de que somos capaces de aprender de la experiencia para no repetir errores pasados. Más aún, de la misma manera que los judíos, con una inmensa sabiduría, han creado sus dramáticos Museos del Holocausto, para tratar de impedir que se repitan los pogromos y matanzas del pasado, lo razonable es instalar en cada ciudad Museos del Totalitarismo, con dos alas bien iluminadas; una dedicada al comunismo, y la otra a las diversas expresiones del nazi-fascismo. Y allí habría que llevar a los escolares para darles clases muy bien documentadas sobre lo que ocurre en las sociedades cuando los hombres deciden que son portadores de la fórmula definitiva para lograr la felicidad. Por ahora esos hombres, en menos de un siglo, han dejado un reguero de cien millones de cadáveres.
(Extraído de “Las columnas de la libertad” de Carlos Alberto Montaner – Editorial Edhasa – Buenos Aires 2007)
Acerca del marxismo
Por Karl R. Popper
“El ataque del marxismo a nuestra civilización occidental ha sido objeto de estudio de mi parte. La Revolución de Lenín y Trotsky de septiembre de 1917 marcó el comienzo de ese ataque. Su fracaso lo hemos experimentado todos los que estamos aquí como testigos de una época”.
“La victoria del marxismo en Rusia y las enormes sumas que los comunistas habían dedicado para fines de propaganda y para la organización de la revolución mundial, habían conducido por todas partes en Occidente a una polarización política radical entre izquierdas y derechas. Esta polarización preparó el camino al fascismo –primero en Italia bajo Mussolini, cuya política la copiaron enseguida movimientos fascistas en otros países, sobre todo en Alemania y Austria- y en determinadas regiones a la guerra civil, a una guerra civil muy unilateral, puesto que se llevó a cabo sobre todo por parte de los terroristas de derechas”.
“Por consiguiente, se desarrolló la siguiente situación: al Este, en particular la Unión Soviética, se encontraba bajo el dominio dictatorial de un marxismo sin escrúpulos, que se apoyaba en una poderosa ideología y en un inagotable arsenal de mentiras. El Oeste estaba continuamente amenazado por una violencia potencial (pero raramente real) procedente de las activas fuerzas de izquierda, que tenían detrás de ellas el influjo de los partidos marxistas, la propaganda y la fascinación ejercida por el poder de Rusia., así como la esperanza en la consecución de una sociedad socialista. Esto provocaba en la derecha una contraviolencia real y fortalecía así a los fascistas. Alemania, Austria y la parte sur de Europa alcanzaron el fascismo en vista de que se había agudizado la polarización entre las izquierdas y las derechas. En la cruenta Guerra Civil en España, que en última instancia significaba para los soviets y para los nazis alemanes un experimento en la moderna forma de hacer la guerra, esta polarización alcanzó su punto más álgido”
“Mi teoría para estos grandes y significativos acontecimientos de los que fuimos testigos a partir de 1989 y cuyo fin todavía no se adivina, mi teoría de la enfermedad que condujo a la muerte del marxismo, se puede resumir en la siguiente fórmula:
El marxismo ha muerto de marxismo.
O, más exactamente dicho: el poder marxista ha muerto por la esterilidad de la teoría marxista. Puede ser que la teoría marxista, la ideología marxista, fuera muy inteligente, pero corría en sentido contrario a los hechos de la historia y de la vida social; se trataba de una teoría sumamente errónea y muy altanera. Y se disimulaban sus muchas fallas, sus cuantiosos errores teóricos con innumerables pequeños embustes y también con grandes mentiras. Las mentiras defendidas con un ejercicio del poder brutal y con la violencia se convirtieron muy pronto en la moneda intelectual corriente de la clase comunista que gobernaba con poder dictatorial en Rusia y de la ambiciosa clase de los dictadores con altas aspiraciones de fuera de Rusia”.
“Este universo de mentiras se contrajo en un agujero negro intelectual. Como ustedes saben, un agujero negro dispone de una fuerza ilimitada para tragarse todo, para destruirlo, para reducirlo a la nada. La diferencia entre verdad y mentira se desdibujó. El vacío espiritual terminó por devorarse a sí mismo. Consiguientemente, el marxismo ha muerto de marxismo, y, para ser exactos, ya hace largo tiempo. Sin embargo, me temo que millones de marxistas se aferrarán a él tanto en el Este como en el Oeste. De la misma manera en que lo han hecho siempre hasta la fecha, sin tener en cuenta lo que suceda en el mundo real: los hechos se pueden ignorar o dejar de explicar”.
“Voy a intentar desarrollar un poco más vivazmente mi discurso, contándoles una historia de mi primera juventud: cómo me hice marxista –o estuve muy cerca de serlo-, y cómo se explica que me transformara para el resto de mi vida en un antagonista del marxismo”.
“Ahora quisiera describir esta trampa ideológica y finalmente relatar cómo me escapé de ella: para estos fueron decisivas la conmoción moral que me produjo una horrible experiencia, y una enorme repugnancia moral”.
“La teoría marxista, o la ideología marxista, tiene varios aspectos, pero el más importante con mucho es el siguiente: se trata de una teoría de la historia que al parecer está en situación de predecir con certeza absoluta y científica (aunque también sólo a grandes rasgos) el futuro de la humanidad. Expresado con más exactitud, sostiene poder predecir una revolución social de la misma manera que la astronomía newtoniana puede predecir un eclipse de sol o de luna. Marx fundamentó su teoría sobre el siguiente conocimiento fundamental: «La historia de todas las sociedades hasta la fecha es la historia de la lucha de clases»”
“En 1847 Marx anunciaba por primera vez, al final de su libro La miseria de la filosofía, que la lucha de clases tiene que culminar en una revolución social, y que ésta conduce a la instauración de una sociedad sin clases o comunista. Su argumentación era muy breve: puesto que la clase trabajadora (el «proletariado») es hoy como ayer la única clase oprimida, aparte de que representa a la única clase productiva y, además, es la clase a la que pertenece la gran mayoría, tiene que llevar necesariamente las de ganar”.
“Y puesto que la historia es la historia de la lucha de clases, esto significará el final de la historia. No habrá ninguna guerra más a partir de esa culminación, ni ninguna lucha, ni violencia ni opresión; el poder del Estado se reducirá a la nada. O expresado en términos religiosos: será el cielo sobre la tierra”.
“Los trabajadores de todos los países se unirán y la revolución social conducirá a la victoria. El capitalismo será destruido junto con sus capitalistas, éstos serán liquidados, y habrá paz sobre la tierra”
“Yo era desde el principio escéptico de alguna manera respecto a lo referente al paraíso que debía seguir a la revolución. Naturalmente, me desagradaba la sociedad de entonces en Austria, marcada por el hambre, la pobreza, el paro y la inflación galopante, tanto como por los especuladores de mercancías que conseguían sacar provecho de todo esto. No obstante, me intranquilizaba la patente intención del Partido de despertar en sus seguidores un instinto en mi opinión asesino contra el «enemigo de clase». Pero se me explicó que esto era necesario y que en cualquier caso no se pensaba demasiado en serio; en una revolución cuenta únicamente la victoria, puesto que bajo las condiciones del capitalismo se asesinarían cada día más trabajadores que en el curso de toda la revolución. Me quedé conforme con ello de mala gana, sin poder deshacerme del sentimiento de tener que pagar un alto precio en lo concerniente a mi credibilidad moral. Y además estaban las mentiras superiores del Partido”.
“Era obvio que decían un día una cosa y al día siguiente justo lo contrario y un día más tarde de nuevo algo totalmente distinto. A modo de ejemplo, primero negaban el Terror Rojo, para poco después afirmar que era necesario. Cuando protesté, me hicieron saber que estas contradicciones eran necesarias y no se debían criticar, puesto que la unidad del Partido era de una importancia decisiva para el éxito de la revolución. Podía ser, claro, que se cometieran errores, pero no estaba permitido denunciarlos públicamente: la lealtad a la línea del Partido tenía que ser absoluta. Pues sólo la disciplina del Partido podría acarrear más rápidamente la victoria. Y por más que yo aceptaba esto de mala gana, tenía el sentimiento de estar sacrificando al Partido algo así como mi integridad personal”.
“Y entonces sucedió la catástrofe: un día de junio de 1919 unos policías abrieron fuego sobre una manifestación de jóvenes camaradas desarmados respaldada por el Partido, y hubo algunos muertos (ocho, si mal no recuerdo). Yo estaba indignado con el proceder de la policía, pero también conmigo mismo”. “Me sentía responsable por ellos y la conclusión a la que llegué fue la siguiente: ciertamente tenía derecho a poner en juego mi vida por mis ideales. Pero, con seguridad, no tenía derecho a animar a otros para que arriesgaran su vida por mis ideales y todavía mucho menos por una teoría como el marxismo, cuya verdad posiblemente se podía poner en duda”
“Pero cuando llegué a la central del Partido me encontré con una actitud muy distinta: la revolución exigía semejantes víctimas; eran inevitables. Por lo demás, esto significaba un progreso, pues hacía que los trabajadores se enfurecieran cada vez más con la policía y velaba porque aquéllos tomaran conciencia del enemigo de clase…… No volví nunca más allí; me había escapado de la trampa marxista”.
“El capitalismo, en el sentido de Marx, ya no existe. La sociedad que Marx conocía ha pasado por grandes, mejor dicho, grandiosas revoluciones. El trabajo manual insoportablemente duro y agotador de antaño, que tenían que ejecutar millones de hombres y todavía más mujeres, ha desaparecido. Yo la he visto todavía [a esa sociedad], con mis propios ojos; y nadie que no la haya presenciado por sí mismo, puede hacerse una idea clara de la transformación radical que ha tenido lugar: de hecho, una revolución que tenemos que agradecer al tan denostado progreso de la tecnología”.
“Un «capitalismo» en el sentido histórico, en el que Marx empleaba el término, no ha existido nunca en este mundo: nunca ha existido una sociedad con una tendencia inherente en el sentido de la Ley de depauperización creciente de Marx o con una dictadura secreta de los capitalistas. Todo esto era y es puro autoengaño. Concedido, la vida al comienzo de la industrialización era enormemente dura. Pero industrialización significaba también productividad creciente y enseguida producción en masa. Obviamente, la producción en masa encontró finalmente su camino también hacia las masas. La interpretación histórica de Marx junto con su profecía no sólo es falsa –es imposible: no se puede producir algo de forma masiva, que según su doctrina esté predestinado para los cada vez menos numerosos ricos capitalistas. Por consiguiente, es un hecho: el capitalismo de Marx es un constructo mental imposible, una quimera”.
“Para destruir esta quimera, la Unión Soviética reunió sin embargo un arsenal de armas sin precedentes hasta la fecha, incluidas armas atómicas, en una magnitud que calculando equivale aproximadamente a 50 millones o todavía más de bombas-Hiroshima. Todo esto para aniquilar un infierno imaginario a causa de su supuesta inhumanidad. Ciertamente, la realidad no era celestial –pero mucho más próxima al cielo que la realidad comunista”.
(Extractos de “Consideraciones sobre el colapso del comunismo” en el libro “La responsabilidad de vivir” de Ediciones Altaya SA)
“El ataque del marxismo a nuestra civilización occidental ha sido objeto de estudio de mi parte. La Revolución de Lenín y Trotsky de septiembre de 1917 marcó el comienzo de ese ataque. Su fracaso lo hemos experimentado todos los que estamos aquí como testigos de una época”.
“La victoria del marxismo en Rusia y las enormes sumas que los comunistas habían dedicado para fines de propaganda y para la organización de la revolución mundial, habían conducido por todas partes en Occidente a una polarización política radical entre izquierdas y derechas. Esta polarización preparó el camino al fascismo –primero en Italia bajo Mussolini, cuya política la copiaron enseguida movimientos fascistas en otros países, sobre todo en Alemania y Austria- y en determinadas regiones a la guerra civil, a una guerra civil muy unilateral, puesto que se llevó a cabo sobre todo por parte de los terroristas de derechas”.
“Por consiguiente, se desarrolló la siguiente situación: al Este, en particular la Unión Soviética, se encontraba bajo el dominio dictatorial de un marxismo sin escrúpulos, que se apoyaba en una poderosa ideología y en un inagotable arsenal de mentiras. El Oeste estaba continuamente amenazado por una violencia potencial (pero raramente real) procedente de las activas fuerzas de izquierda, que tenían detrás de ellas el influjo de los partidos marxistas, la propaganda y la fascinación ejercida por el poder de Rusia., así como la esperanza en la consecución de una sociedad socialista. Esto provocaba en la derecha una contraviolencia real y fortalecía así a los fascistas. Alemania, Austria y la parte sur de Europa alcanzaron el fascismo en vista de que se había agudizado la polarización entre las izquierdas y las derechas. En la cruenta Guerra Civil en España, que en última instancia significaba para los soviets y para los nazis alemanes un experimento en la moderna forma de hacer la guerra, esta polarización alcanzó su punto más álgido”
“Mi teoría para estos grandes y significativos acontecimientos de los que fuimos testigos a partir de 1989 y cuyo fin todavía no se adivina, mi teoría de la enfermedad que condujo a la muerte del marxismo, se puede resumir en la siguiente fórmula:
El marxismo ha muerto de marxismo.
O, más exactamente dicho: el poder marxista ha muerto por la esterilidad de la teoría marxista. Puede ser que la teoría marxista, la ideología marxista, fuera muy inteligente, pero corría en sentido contrario a los hechos de la historia y de la vida social; se trataba de una teoría sumamente errónea y muy altanera. Y se disimulaban sus muchas fallas, sus cuantiosos errores teóricos con innumerables pequeños embustes y también con grandes mentiras. Las mentiras defendidas con un ejercicio del poder brutal y con la violencia se convirtieron muy pronto en la moneda intelectual corriente de la clase comunista que gobernaba con poder dictatorial en Rusia y de la ambiciosa clase de los dictadores con altas aspiraciones de fuera de Rusia”.
“Este universo de mentiras se contrajo en un agujero negro intelectual. Como ustedes saben, un agujero negro dispone de una fuerza ilimitada para tragarse todo, para destruirlo, para reducirlo a la nada. La diferencia entre verdad y mentira se desdibujó. El vacío espiritual terminó por devorarse a sí mismo. Consiguientemente, el marxismo ha muerto de marxismo, y, para ser exactos, ya hace largo tiempo. Sin embargo, me temo que millones de marxistas se aferrarán a él tanto en el Este como en el Oeste. De la misma manera en que lo han hecho siempre hasta la fecha, sin tener en cuenta lo que suceda en el mundo real: los hechos se pueden ignorar o dejar de explicar”.
“Voy a intentar desarrollar un poco más vivazmente mi discurso, contándoles una historia de mi primera juventud: cómo me hice marxista –o estuve muy cerca de serlo-, y cómo se explica que me transformara para el resto de mi vida en un antagonista del marxismo”.
“Ahora quisiera describir esta trampa ideológica y finalmente relatar cómo me escapé de ella: para estos fueron decisivas la conmoción moral que me produjo una horrible experiencia, y una enorme repugnancia moral”.
“La teoría marxista, o la ideología marxista, tiene varios aspectos, pero el más importante con mucho es el siguiente: se trata de una teoría de la historia que al parecer está en situación de predecir con certeza absoluta y científica (aunque también sólo a grandes rasgos) el futuro de la humanidad. Expresado con más exactitud, sostiene poder predecir una revolución social de la misma manera que la astronomía newtoniana puede predecir un eclipse de sol o de luna. Marx fundamentó su teoría sobre el siguiente conocimiento fundamental: «La historia de todas las sociedades hasta la fecha es la historia de la lucha de clases»”
“En 1847 Marx anunciaba por primera vez, al final de su libro La miseria de la filosofía, que la lucha de clases tiene que culminar en una revolución social, y que ésta conduce a la instauración de una sociedad sin clases o comunista. Su argumentación era muy breve: puesto que la clase trabajadora (el «proletariado») es hoy como ayer la única clase oprimida, aparte de que representa a la única clase productiva y, además, es la clase a la que pertenece la gran mayoría, tiene que llevar necesariamente las de ganar”.
“Y puesto que la historia es la historia de la lucha de clases, esto significará el final de la historia. No habrá ninguna guerra más a partir de esa culminación, ni ninguna lucha, ni violencia ni opresión; el poder del Estado se reducirá a la nada. O expresado en términos religiosos: será el cielo sobre la tierra”.
“Los trabajadores de todos los países se unirán y la revolución social conducirá a la victoria. El capitalismo será destruido junto con sus capitalistas, éstos serán liquidados, y habrá paz sobre la tierra”
“Yo era desde el principio escéptico de alguna manera respecto a lo referente al paraíso que debía seguir a la revolución. Naturalmente, me desagradaba la sociedad de entonces en Austria, marcada por el hambre, la pobreza, el paro y la inflación galopante, tanto como por los especuladores de mercancías que conseguían sacar provecho de todo esto. No obstante, me intranquilizaba la patente intención del Partido de despertar en sus seguidores un instinto en mi opinión asesino contra el «enemigo de clase». Pero se me explicó que esto era necesario y que en cualquier caso no se pensaba demasiado en serio; en una revolución cuenta únicamente la victoria, puesto que bajo las condiciones del capitalismo se asesinarían cada día más trabajadores que en el curso de toda la revolución. Me quedé conforme con ello de mala gana, sin poder deshacerme del sentimiento de tener que pagar un alto precio en lo concerniente a mi credibilidad moral. Y además estaban las mentiras superiores del Partido”.
“Era obvio que decían un día una cosa y al día siguiente justo lo contrario y un día más tarde de nuevo algo totalmente distinto. A modo de ejemplo, primero negaban el Terror Rojo, para poco después afirmar que era necesario. Cuando protesté, me hicieron saber que estas contradicciones eran necesarias y no se debían criticar, puesto que la unidad del Partido era de una importancia decisiva para el éxito de la revolución. Podía ser, claro, que se cometieran errores, pero no estaba permitido denunciarlos públicamente: la lealtad a la línea del Partido tenía que ser absoluta. Pues sólo la disciplina del Partido podría acarrear más rápidamente la victoria. Y por más que yo aceptaba esto de mala gana, tenía el sentimiento de estar sacrificando al Partido algo así como mi integridad personal”.
“Y entonces sucedió la catástrofe: un día de junio de 1919 unos policías abrieron fuego sobre una manifestación de jóvenes camaradas desarmados respaldada por el Partido, y hubo algunos muertos (ocho, si mal no recuerdo). Yo estaba indignado con el proceder de la policía, pero también conmigo mismo”. “Me sentía responsable por ellos y la conclusión a la que llegué fue la siguiente: ciertamente tenía derecho a poner en juego mi vida por mis ideales. Pero, con seguridad, no tenía derecho a animar a otros para que arriesgaran su vida por mis ideales y todavía mucho menos por una teoría como el marxismo, cuya verdad posiblemente se podía poner en duda”
“Pero cuando llegué a la central del Partido me encontré con una actitud muy distinta: la revolución exigía semejantes víctimas; eran inevitables. Por lo demás, esto significaba un progreso, pues hacía que los trabajadores se enfurecieran cada vez más con la policía y velaba porque aquéllos tomaran conciencia del enemigo de clase…… No volví nunca más allí; me había escapado de la trampa marxista”.
“El capitalismo, en el sentido de Marx, ya no existe. La sociedad que Marx conocía ha pasado por grandes, mejor dicho, grandiosas revoluciones. El trabajo manual insoportablemente duro y agotador de antaño, que tenían que ejecutar millones de hombres y todavía más mujeres, ha desaparecido. Yo la he visto todavía [a esa sociedad], con mis propios ojos; y nadie que no la haya presenciado por sí mismo, puede hacerse una idea clara de la transformación radical que ha tenido lugar: de hecho, una revolución que tenemos que agradecer al tan denostado progreso de la tecnología”.
“Un «capitalismo» en el sentido histórico, en el que Marx empleaba el término, no ha existido nunca en este mundo: nunca ha existido una sociedad con una tendencia inherente en el sentido de la Ley de depauperización creciente de Marx o con una dictadura secreta de los capitalistas. Todo esto era y es puro autoengaño. Concedido, la vida al comienzo de la industrialización era enormemente dura. Pero industrialización significaba también productividad creciente y enseguida producción en masa. Obviamente, la producción en masa encontró finalmente su camino también hacia las masas. La interpretación histórica de Marx junto con su profecía no sólo es falsa –es imposible: no se puede producir algo de forma masiva, que según su doctrina esté predestinado para los cada vez menos numerosos ricos capitalistas. Por consiguiente, es un hecho: el capitalismo de Marx es un constructo mental imposible, una quimera”.
“Para destruir esta quimera, la Unión Soviética reunió sin embargo un arsenal de armas sin precedentes hasta la fecha, incluidas armas atómicas, en una magnitud que calculando equivale aproximadamente a 50 millones o todavía más de bombas-Hiroshima. Todo esto para aniquilar un infierno imaginario a causa de su supuesta inhumanidad. Ciertamente, la realidad no era celestial –pero mucho más próxima al cielo que la realidad comunista”.
(Extractos de “Consideraciones sobre el colapso del comunismo” en el libro “La responsabilidad de vivir” de Ediciones Altaya SA)
Comunismo soviético
Alexander Solyenitsin escribió respecto del régimen comunista soviético:
- Este fue el sistema que estableció los primeros campos de concentración en el mundo.
- Este fue el sistema que, por primera vez en el siglo XX, se valió de rehenes, es decir, la detención no sólo de aquel al que se persigue sino de toda su familia y la detención de gente tomada al azar para ser fusilada. El método de los rehenes y de la persecución familiar es, todavía hoy (1975), el arma más poderosa de represión porque los hombres más valientes, que no temen por sí, pueden temblar y aflojar bajo la amenaza contra su familia.
- Fue el sistema, mucho antes que el de Hitler, que introdujo las falsas citaciones de registro, así, tal o cual persona debe presentarse para registrarse, concurren y son llevados para su aniquilación. Nos faltaban entonces las técnicas necesarias para construir cámaras de gas; empleábamos barcazas; estas barcazas se llenaban de centenares y miles de hombres y se hundían.
- Fue el sistema que engañó a los trabajadores con sus decretos: el decreto referido a la tierra, el decreto de paz, el decreto sobre las fábricas, el decreto acerca de la libertad de prensa.
- Fue el sistema que aniquiló a todos los otros partidos. Y les ruego que comprendan; no se limitó a anular partidos, no los disolvió, sino que aniquiló a sus miembros; a los componentes de todos los otros partidos los aniquiló y así aniquiló a los propios partidos.
- Fue el sistema que ejecutó el genocidio de los campesinos: quince millones de campesinos fueron aniquilados.
- Fue el sistema que introdujo la esclavitud a través del así llamado “régimen de pasaportes”.
- Fue el sistema que, en plena paz, provocó artificialmente el hambre en Ucrania. Seis millones de personas murieron en Ucrania de hambre, a las puertas mismas de Europa, entre 1932 y 1933. Europa no se dio cuenta y el mundo no se dio cuenta…¡ Seis millones de personas !
(Del libro “En la lucha por la libertad” – Editorial Emecé)
Hoy el mundo libre tiene la esperanza de ver el ocaso del “último emperador”, el último representante del Imperio Soviético, Fidel Castro, si bien éste pretende que su poder sea hereditario y que la dinastía Castro se prolongue por un tiempo indefinido.
Se aducirá que hay otros imperialismos y que hay egoísmo y delincuentes económicos en todo el mundo, pero la gente decente tiene derecho a reclamar por la libertad y por la dignidad humana, y que los errores de los demás no justifican las matanzas y el encarcelamiento ocasionado a la gente decente.
- Este fue el sistema que estableció los primeros campos de concentración en el mundo.
- Este fue el sistema que, por primera vez en el siglo XX, se valió de rehenes, es decir, la detención no sólo de aquel al que se persigue sino de toda su familia y la detención de gente tomada al azar para ser fusilada. El método de los rehenes y de la persecución familiar es, todavía hoy (1975), el arma más poderosa de represión porque los hombres más valientes, que no temen por sí, pueden temblar y aflojar bajo la amenaza contra su familia.
- Fue el sistema, mucho antes que el de Hitler, que introdujo las falsas citaciones de registro, así, tal o cual persona debe presentarse para registrarse, concurren y son llevados para su aniquilación. Nos faltaban entonces las técnicas necesarias para construir cámaras de gas; empleábamos barcazas; estas barcazas se llenaban de centenares y miles de hombres y se hundían.
- Fue el sistema que engañó a los trabajadores con sus decretos: el decreto referido a la tierra, el decreto de paz, el decreto sobre las fábricas, el decreto acerca de la libertad de prensa.
- Fue el sistema que aniquiló a todos los otros partidos. Y les ruego que comprendan; no se limitó a anular partidos, no los disolvió, sino que aniquiló a sus miembros; a los componentes de todos los otros partidos los aniquiló y así aniquiló a los propios partidos.
- Fue el sistema que ejecutó el genocidio de los campesinos: quince millones de campesinos fueron aniquilados.
- Fue el sistema que introdujo la esclavitud a través del así llamado “régimen de pasaportes”.
- Fue el sistema que, en plena paz, provocó artificialmente el hambre en Ucrania. Seis millones de personas murieron en Ucrania de hambre, a las puertas mismas de Europa, entre 1932 y 1933. Europa no se dio cuenta y el mundo no se dio cuenta…¡ Seis millones de personas !
(Del libro “En la lucha por la libertad” – Editorial Emecé)
Hoy el mundo libre tiene la esperanza de ver el ocaso del “último emperador”, el último representante del Imperio Soviético, Fidel Castro, si bien éste pretende que su poder sea hereditario y que la dinastía Castro se prolongue por un tiempo indefinido.
Se aducirá que hay otros imperialismos y que hay egoísmo y delincuentes económicos en todo el mundo, pero la gente decente tiene derecho a reclamar por la libertad y por la dignidad humana, y que los errores de los demás no justifican las matanzas y el encarcelamiento ocasionado a la gente decente.
Mercado, capitalismo y socialismo
Es conveniente establecer una síntesis respecto del capitalismo y de sus posibles distorsiones, por cuanto existen diferencias notables entre ellos. En primer lugar tenemos la economía de mercado, que vendría a ser el modelo ideal al cual debería orientarse toda sociedad por cuanto es el que mejores resultados ha dado, en todos los aspectos posibles:
Economía de mercado = Trabajo + Ahorro Productivo + Ética natural.
Si bien la predisposición al trabajo y al ahorro ya implica una base ética elemental, debe buscarse, además, un beneficio simultáneo entre todas las partes intervinientes en procesos de tipo productivo, comercial y, en general, económico.
Empresarios, accionistas, empleados y clientes son las partes que intervienen en estos procesos y deben buscarse las condiciones que sean favorables a todos ellos en forma simultánea.
Una de las distorsiones posibles es el “capitalismo empresarial”, el cual ocurre cuando el empresario tiene como objetivo la optimización de sus propias ganancias considerando con poco o ningún interés los beneficios para los demás sectores de la economía:
Capitalismo empresarial (Optimización de ganancias a partir de la producción)
Una variante aparecida recientemente es la del “capitalismo financiero”, que poco tiene que ver con la producción ya que sólo busca ganancias a través de la compra y de la venta de acciones y títulos. Es posible que esta práctica sea el principal factor que favorece la aparición de las crisis financieras, como la del 2008.
Si bien no existe una línea netamente marcada que separa inversión de especulación, se estima que la venta de una acción unas cien veces por año implica inversión, mientras que si se vende una cien veces por semana, es especulación.
Capitalismo financiero (Optimización de ganancias a partir de la especulación)
Finalmente tenemos el ya conocido “capitalismo estatal” en el cual, mediante la expropiación de los medios de producción, se establece un monopolio estatal que reemplaza al mercado por la planificación, llevada a cabo por un reducido número de dirigentes políticos.
Capitalismo estatal (Monopolio y poder absoluto del Estado)
Muchas veces se ha dicho que el “socialismo” nunca se aplicó en la URSS ni en cualquier otro lugar. Esto se explica porque en los escritos de Marx se sugiere, luego de la revolución o guerra civil, la expropiación de los medios de producción. Una vez establecido el capitalismo estatal, vendría (en teoría) la etapa del socialismo (o comunismo) con la “desaparición del Estado”. Esta transición es muy difícil de imaginar, porque la propiedad es del Estado o es privada o es mixta. De ahí que nunca se llegó al socialismo por cuanto no es posible su existencia real, y es sólo una sociedad utópica imaginada por Marx.
Todavía hay intelectuales que siguen considerando al socialismo como una gran meta o una gran idea. Quizás la única explicación de esta actitud sea la de una profunda creencia, de tipo religioso, que profesan los seguidores de Marx, o bien se explica por la existencia de quienes encuentran en sus escritos una ideología que les permitirá tomar el poder absoluto estableciendo una sociedad totalitaria de la cual ya hemos tenido muchos ejemplos.
¿La historia lo absolverá?
En Cuba, bajo el dominio del capitalismo estatal, cada familia puede recibir un jabón mensual, en forma alternativa, de lavar ropa o de tocador, según afirma una periodista de C5N. Cada grupo familiar dispone de uno o dos lámparas eléctricas que debe ir cambiando de habitación en habitación. Cada individuo puede comer sólo aquello que está en su tarjeta de racionamiento. Cuba es todavía una cárcel soviética, con sus ventajas y desventajas respecto de una sociedad libre.
El propio Fidel Castro ha acusado a la médica Hilda Molina de “buscar ser propietaria”. Recordemos que la mencionada médica no ha podido salir de Cuba para visitar y conocer a sus nietos que viven en la Argentina. Fidel Castro, el amo absoluto de Cuba, debería contemplar la posibilidad de que los cubanos puedan ser propietarios, de manera de poder trabajar con más entusiasmo en lugar de tener que sacrificarse, día a día, en función de la única empresa que todo lo domina: el Estado.
Muchas familias han quedado separadas debido a la salida de cubanos al exterior y a las dificultades que tienen para entrar o salir del país. Si se buscan los defectos del capitalismo, podemos observar el caso de Cuba, ya que el capitalismo estatal acentúa todos los errores atribuidos al capitalismo privado.
El miedo domina a los cubanos, que tienen que fingir sus opiniones ante la severa custodia de los integrantes del Partido dominante. Estos les indican qué comer, qué pensar, qué leer, qué hacer. La esclavitud no sólo debe asociarse al cuerpo, sino también a la mente. Sólo pueden utilizar una hora semanal (¿o mensual?) en Internet y no más del 1% de la población tiene teléfono celular, lo que impide cualquier tipo de reunión de opositores al régimen.
Existe, sin embargo, un tipo psicológico, el del “libertador marxista-leninista”, que personificado en Fidel Castro, nos da una enseñanza que las actuales y futuras generaciones deben tener presente, sobre todo para no caer bajo la influencia de sus mentiras y de sus desmedidas ansias de poder.
Víctor Massuh escribió al respecto:
“El libertador marxista-leninista: Ha tomado el poder envilecido por un tiranuelo y lo acompañó la simpatía de toda América. Su triunfo fue una saludable algarabía juvenil que presagiaba el reino del pluralismo y la libertad. Pero el liberador tenía otros planes: adopta el marxismo-leninismo como doctrina del Estado, instaura el partido único, la prensa uniforme y el gobierno unipersonal.
Estatiza la economía; transita los caminos del socialismo pero sólo alcanza a socializar el hambre, la privación y la pérdida de la libertad. En nombre de la paz levanta un ejército poderoso y desproporcionado con las medidas de su pequeño país. La tierra alegre y musical se convierte en una cárcel.
La algarabía revolucionaria concluye en la instauración del régimen militar más estable y prolongado de América Latina. Al pueblo le faltará alimentos y viviendas, pero no discursos que el liberador castrense pronunciará por largas horas ante una plaza colmada de estribillos. Pero hay algo que lo singulariza sobre todas las cosas: su generosa preocupación por liberar otros países. Esta es su obsesión, su misión sagrada, su única coherencia: la casa ajena.
Aconseja copiosamente a los mandatarios extranjeros sobre lo que deben hacer en sus propias tierras; mejor aún si completa estos consejos con el envío de expedicionarios. Su ideal es contar con un ejército interminable disperso por el mundo, liberando incansablemente.
Se diría que esta vocación por lo ajeno acaso enmascare una verdadera desaprensión por la propia casa sumida en el atraso y la pobreza. Tan hábil para entrar de modo subrepticio en países distantes y pontificar sobre lo que les conviene, por las buenas o por las malas, pero tan inhábil en el propio país: no sabe qué hacer con una economía que al cabo de dos décadas (escrito en 1978) sigue a los tumbos y se obstina en no adecuarse a sus recetas razonables”
(De “Ideología de la liberación” – Academia Nacional de Ciencias – Buenos Aires)
Conquistas sociales
En épocas de Gengis Kan, luego de que los mongoles vencieran a los chinos, lo habitual en la época era la eliminación del bando perdedor. Entonces intervino uno de sus ayudantes y le sugiere al jefe mongol la posibilidad de hacer trabajar a los chinos en su beneficio en lugar de matarlos. Ello condujo a una gran mejora social; la esclavitud, en lugar de la muerte. Con el tiempo, se logra otra conquista social importante: la libertad, en lugar de la esclavitud forzada.
En nuestras épocas, hasta hace poco existió algo similar a la esclavitud forzada, tal el caso de los países comunistas. Entonces aparecieron algunos marxistas brillantes que vieron que a los hombres se les podía dar libertad, para que produjeran y crecieran libremente, pero que aportaran impuestos en proporción a sus ganancias. Habían redescubierto la economía de mercado, aunque mantenían el poder estatal y los beneficios de la clase privilegiada.
Permitieron así que muchos millones de personas comenzaran a adaptarse a una nueva forma de vida, que por cierto no fue una adaptación fácil. Tanto en Rusia como en China se notaron los cambios, especialmente en este último caso, ya que la capacidad laboral de los chinos podrá ahora manifestarse logrando resultados antes inimaginados.
La China actual es un gobierno comunista con economía de mercado, es decir, sigue teniendo el nombre de comunista, en el sentido de que mantiene los beneficios de la clase dominante, pero en la propia constitución se aprobó la existencia de la propiedad privada por un mayoritario 99 % de votos en el parlamento chino. De esta forma, los comunistas cumplen con sus deseos de poder, pero dejan vivir en libertad a las clases dominadas. Todo un progreso social en estas épocas.
Y LA BURGUESÍA NO SE MUERE….
Si bien el título del presente escrito es sólo una frase fuera de contexto, es una muestra de la prédica cotidiana que el televidente recibe de ideólogos marxistas. Este es el caso del filósofo José Pablo Feinmann quien utiliza nada menos que un canal televisivo del Ministerio de Educación (Encuentro) para instigar a la división y al odio entre sectores. La frase anterior fue pronunciada por tal personaje.
A cada tanto afirma que lo que tiene la burguesía se lo ha sacado a los pobres, descartando la posibilidad de que algunos trabajen arduamente y otros no lo hagan. De ahí que, según la versión marxista de la realidad, debe existir una “justa venganza” desde el proletariado hacia la burguesía hasta que se produzca la “triunfal llegada del socialismo”.
Gran parte de la población contempla a diario, con indignación, cómo son asesinadas personas comunes por parte de los marginados por el odio. Justamente, la prédica marxista, en lugar de promover la mejora individual, alienta el odio buscando culpables exteriores, e inocentes, a los distintos problemas individuales y familiares.
Una persona que transita por el camino de la delincuencia, sufre la peor marginación posible, porque el resto de la población le temerá como si se tratase de una bestia peligrosa, y su reinserción social será muy dificultosa. Sin embargo, desde el propio Ministerio de Educación se promueve ese tipo de marginación aunque se diga a cada rato que el marginador es la persona decente y trabajadora.
Mientras que los nazis repetían miles de veces que la culpa de todos los males estaba en los judíos, hasta que ocurrió la barbarie por todos conocida, los marxistas repiten miles de veces que la culpa de todos los males está en la burguesía, que ahora está materializada principalmente en el empresariado. De ahí que no es de extrañar que esa prédica haya producido aún más víctimas que las ocasionadas por el nazismo. Y es la prédica que favorece actualmente la violencia urbana.
Mientras que en otras épocas había jóvenes que preferían trabajar en vez de estudiar, en la actualidad se prohíbe el trabajo de los menores principalmente para “no ser explotados laboralmente”. Este tipo de marginación adicional hace que unos 800.000 adolescentes de todo el país no trabajen ni estudien, y se ubican a un paso de la delincuencia. Como se supone que es la “burguesía y el sistema capitalista” el culpable de toda violencia, se exime de culpa a todo delincuente y de ahí el apoyo adicional a la violencia urbana.
Incluso en televisión vemos algunos marxistas disfrazados de cristianos, como es el caso del “sacerdote” Vicente Reale, que alaba a los gobiernos izquierdistas de Sudamérica por lograr “la identidad” de la región. Posiblemente esté satisfecho con los 6.700 millones de dólares que Hugo Chávez gastó en armamentos y con la escalada militar que parece avecinarse por estos países. Si tuviera un poco de dignidad sacerdotal, tendría en cuenta los 8.000 curas y monjas asesinados por los marxistas (republicanos) durante la Guerra Civil española.
Mientras que se reclama, desde la sociedad, una mejora a partir de la educación, a uno le queda la duda de la posible influencia que ha de tener un maestro en cuanto la propia Presidente considera a Eva Perón, Maradona y el Che Guevara como los personajes representativos de la Argentina; como “héroes nacionales”. De ahí que, si un adolescente lee acerca de la vida del Che Guevara, no sería nada extraño que adquiriera un arma y se pusiera a matar “burgueses”, quizá así algún día llegará a los 200 asesinatos, como fue el caso de su “ídolo”, y en el futuro podrá ser admirado en todo el mundo.
Así como el judío siempre ha temido a los nazis, por cuanto ha sido por ellos agredido en forma psicológica y material, el cristiano siempre ha temido al marxista (o debe temerle si no lo advirtió), por cuanto siempre ha sido por él agredido en forma psicológica y material.
Los ideólogos marxistas son el primer eslabón de la cadena de la violencia, como la ocurrida en la década de los setenta. Si se atribuye al egoísmo empresarial la “explotación del trabajador”, debemos también atribuir a la maldad del marxista tratar de usarlos y marginarlos de la sociedad llenando sus mentes y sus corazones de odio e instigándolos a la violencia.
En nuestras épocas, hasta hace poco existió algo similar a la esclavitud forzada, tal el caso de los países comunistas. Entonces aparecieron algunos marxistas brillantes que vieron que a los hombres se les podía dar libertad, para que produjeran y crecieran libremente, pero que aportaran impuestos en proporción a sus ganancias. Habían redescubierto la economía de mercado, aunque mantenían el poder estatal y los beneficios de la clase privilegiada.
Permitieron así que muchos millones de personas comenzaran a adaptarse a una nueva forma de vida, que por cierto no fue una adaptación fácil. Tanto en Rusia como en China se notaron los cambios, especialmente en este último caso, ya que la capacidad laboral de los chinos podrá ahora manifestarse logrando resultados antes inimaginados.
La China actual es un gobierno comunista con economía de mercado, es decir, sigue teniendo el nombre de comunista, en el sentido de que mantiene los beneficios de la clase dominante, pero en la propia constitución se aprobó la existencia de la propiedad privada por un mayoritario 99 % de votos en el parlamento chino. De esta forma, los comunistas cumplen con sus deseos de poder, pero dejan vivir en libertad a las clases dominadas. Todo un progreso social en estas épocas.
Y LA BURGUESÍA NO SE MUERE….
Si bien el título del presente escrito es sólo una frase fuera de contexto, es una muestra de la prédica cotidiana que el televidente recibe de ideólogos marxistas. Este es el caso del filósofo José Pablo Feinmann quien utiliza nada menos que un canal televisivo del Ministerio de Educación (Encuentro) para instigar a la división y al odio entre sectores. La frase anterior fue pronunciada por tal personaje.
A cada tanto afirma que lo que tiene la burguesía se lo ha sacado a los pobres, descartando la posibilidad de que algunos trabajen arduamente y otros no lo hagan. De ahí que, según la versión marxista de la realidad, debe existir una “justa venganza” desde el proletariado hacia la burguesía hasta que se produzca la “triunfal llegada del socialismo”.
Gran parte de la población contempla a diario, con indignación, cómo son asesinadas personas comunes por parte de los marginados por el odio. Justamente, la prédica marxista, en lugar de promover la mejora individual, alienta el odio buscando culpables exteriores, e inocentes, a los distintos problemas individuales y familiares.
Una persona que transita por el camino de la delincuencia, sufre la peor marginación posible, porque el resto de la población le temerá como si se tratase de una bestia peligrosa, y su reinserción social será muy dificultosa. Sin embargo, desde el propio Ministerio de Educación se promueve ese tipo de marginación aunque se diga a cada rato que el marginador es la persona decente y trabajadora.
Mientras que los nazis repetían miles de veces que la culpa de todos los males estaba en los judíos, hasta que ocurrió la barbarie por todos conocida, los marxistas repiten miles de veces que la culpa de todos los males está en la burguesía, que ahora está materializada principalmente en el empresariado. De ahí que no es de extrañar que esa prédica haya producido aún más víctimas que las ocasionadas por el nazismo. Y es la prédica que favorece actualmente la violencia urbana.
Mientras que en otras épocas había jóvenes que preferían trabajar en vez de estudiar, en la actualidad se prohíbe el trabajo de los menores principalmente para “no ser explotados laboralmente”. Este tipo de marginación adicional hace que unos 800.000 adolescentes de todo el país no trabajen ni estudien, y se ubican a un paso de la delincuencia. Como se supone que es la “burguesía y el sistema capitalista” el culpable de toda violencia, se exime de culpa a todo delincuente y de ahí el apoyo adicional a la violencia urbana.
Incluso en televisión vemos algunos marxistas disfrazados de cristianos, como es el caso del “sacerdote” Vicente Reale, que alaba a los gobiernos izquierdistas de Sudamérica por lograr “la identidad” de la región. Posiblemente esté satisfecho con los 6.700 millones de dólares que Hugo Chávez gastó en armamentos y con la escalada militar que parece avecinarse por estos países. Si tuviera un poco de dignidad sacerdotal, tendría en cuenta los 8.000 curas y monjas asesinados por los marxistas (republicanos) durante la Guerra Civil española.
Mientras que se reclama, desde la sociedad, una mejora a partir de la educación, a uno le queda la duda de la posible influencia que ha de tener un maestro en cuanto la propia Presidente considera a Eva Perón, Maradona y el Che Guevara como los personajes representativos de la Argentina; como “héroes nacionales”. De ahí que, si un adolescente lee acerca de la vida del Che Guevara, no sería nada extraño que adquiriera un arma y se pusiera a matar “burgueses”, quizá así algún día llegará a los 200 asesinatos, como fue el caso de su “ídolo”, y en el futuro podrá ser admirado en todo el mundo.
Así como el judío siempre ha temido a los nazis, por cuanto ha sido por ellos agredido en forma psicológica y material, el cristiano siempre ha temido al marxista (o debe temerle si no lo advirtió), por cuanto siempre ha sido por él agredido en forma psicológica y material.
Los ideólogos marxistas son el primer eslabón de la cadena de la violencia, como la ocurrida en la década de los setenta. Si se atribuye al egoísmo empresarial la “explotación del trabajador”, debemos también atribuir a la maldad del marxista tratar de usarlos y marginarlos de la sociedad llenando sus mentes y sus corazones de odio e instigándolos a la violencia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)